Por dar al dicho don Cuadros
Dado ha al emperador.
...................................................
—¿Por qué me tiraste, infante?
¿Por qué me tiras, traidor?
—Perdóneme tu alteza,
Que no tiraba á ti, no.

Rom. en'. del infante vengador

No bien hubo llegado don Enrique á su cámara despachó á sus caballeros, y sólo quedó á su lado su predilecto escudero: depuesta allí la falsa máscara de la pena, cuando hubo quedado solo el intrigante conde con Fernán Pérez de Vadillo, trabó con él una breve conversación.

—Fernán, nada tenemos que temer.

—Siempre tiene que temer quien no obra bien, señor.

—¡Fernán!

—Perdonadme, pero no apruebo lo hecho. Y ahora que he obedecido tus órdenes sin murmurar, tengo algún derecho á descargar mi conciencia.

—Vadillo, díjole al oído el conde, de nada tiene que acusarme la mía.

—¿De nada?

—Bien: convengo en que el medio ha sido violento; pero era preciso ser maestre de Calatrava.