—Callo, señor: obedezco; pero no lo apruebo. Permíteme que te lo diga por última vez.

—En buen hora: vuestro silencio y vuestra obediencia es lo que necesito. Y vamos á lo que más importa. Tiéneme inquieto el camino que habrán tomado los armados.

—En cuanto á los que llevaron á la condesa, yo te respondo de su silencio y de su fidelidad.

—Bien; ¿y Ferrus?

—¿Tanto sentís la pérdida del juglar?

—¡Sí la siento, Hernán! aquél nunca desaprueba nada; su conciencia es la del estúpido: nada le dice nunca; yo soy harto débil y harto bueno todavía para no necesitar tener á mi lado en mis fines un hombre honrado como vos. Quiero un instrumento, no un amigo. ¿Y el trovador prisionero?

—Podemos verle.

—¡Podemos! es indispensable. ¿No os dije yo que era él? Ved si ha estado detrás del sillón del trono, como acostumbra hallándose en la corte. El golpe nuestro será tanto más seguro cuanto que nadie tiene noticia de su llegada. Habrá desaparecido del mundo, y quién sabe si alguien notará la coincidencia de su desaparición y de la condesa.

—Eso, señor, pudiera no convenirte.

—Conviéneme mucho ser maestre de Calatrava. Partamos. Guíame adonde esté.