Inquietos iban los dos acerca de la entrevista que con el nocturno músico los esperaba. Al odio que contra él por la denegación referida abrigaba don Enrique, agregábase cierto recelo de que hubiese en su conducta algo más que ley de caballería, y pura generosidad hacia la condesa; y aunque no amaba á su esposa, como bien á las claras lo acababa de probar, irritábale sin embargo la idea de que un simple caballero hubiese puesto los ojos en cosa suya y en tan alta persona. Con respecto á Vadillo no dejaba de tener alguna inquietud, pues no estaba muy claro para él si daba serenata á la condesa, ó si acaso su esposa... Imposible y horrorosa le parecía tan descabellada sospecha de la virtud de Elvira... pero la duda se había hecho lugar en su corazón, y es huésped por cierto que, una vez alojado, no se arroja del pecho á voluntad.
Á entrambos parecía cosa indisputable que el músico era Macías, y nosotros, que desde la noche anterior nada sabemos de su existencia, no podemos menos de abundar en la opinión de los que tal pensaban.
Llegaron por fin á una puerta pequeña que en el extremo de una larguísima galería se encontraba.
—Álvar, dijo llamando Vadillo, y se abrió la puerta inmediatamente. Álvar era el montero á quien en la noche anterior había confiado el escudero la importante presa. Entraron en una pequeña habitación, cerrándose tras ellos la puerta.
—¿Y el preso? preguntó Vadillo.
—Descansa en la pieza inmediata; debía no haber dormido en un mes, según ronca tranquilamente.
—¿Ronca? ¿No está, pues, herido de peligro?
—Más daño debió hacerle el miedo que vuestro venablo, señor escudero. Tiene algo arañada la cara de la caída, y un brazo vendado; pero el maestro que lo ha reconocido esta mañana asegura que podrá salir después del mediodía.
—Despertad, pues, á ese caballero, interrumpió impaciente don Enrique.
—Despertad á ese caballero, repitió entre dientes Álvar.