—¿Qué respondéis en voz baja? Despachad, dijo Fernán. ¿Hase quejado de la violencia que con él se ha usado?
—Ayer noche todo era pedir que se le condujese á presencia de su amo el ilustre conde...
—¿Su amo? dijo el conde: el trovador ha perdido la cabeza.
—Voy á advertirle que vuestras señorías...
—Presto, Álvar, presto.
Entróse Álvar en la inmediata pieza, mientras que don Enrique y Hernán se preparaban á la extraña entrevista que iban á tener. No tardó mucho en volver á salir Álvar, asegurando que había despertado al enfermo, quien, sintiéndose completamente reparado de fuerzas con el pasado sueño, metía sus vestidos para salir á recibir á sus ilustres huéspedes.
—¿Es segura esa puerta, Álvar? preguntó el conde.
—Las fuerzas de diez hombres reunidos no bastarán, señor, á violentarla, respondió Álvar. Además, dos monteros le guardan conmigo y está indefenso: de aquí no saldrá sino para donde vuestras señorías determinen. Pero aquí está.
Salía en efecto el asombrado prisionero, el cual no bien hubo visto al conde, cuando, acercándose á él, como quien ve á su libertador, se echó á sus pies, y con lágrimas de gozo y de temor, «Señor, exclamó besándoselos, ¿en qué ha podido ofenderte para merecer tan dura prisión tu fiel Ferrus?».
Dos estatuas de mármol parecieron á tan inesperada vista el conde y su escudero. No sería mayor el asombro y la indignación del rústico pastor que se viese torpemente cogido en el propio lazo que hubiera preparado para el raposo.