—¿Tú, Ferrus? exclamó después de la primera sorpresa el furioso conde. ¿Tú, Ferrus?—Hernán, nos han vendido. Venid acá, don Villano, añadió derribando por tierra de un empellón al desesperado juglar, venid acá vos, Álvar: ¿es éste el preso que se os ha confiado? ¿Qué hicisteis, don Bellaco, del doncel de su alteza? Asíale de la garganta, y ahogárale sin remedio si no se le pusiera por medio Hernán, que más sereno comenzaba á vislumbrar la verdad del caso.
—¿Qué doncel, señor? gritó cuanto pudo Álvar. Lleve mi alma el diablo si tuve yo jamás en mi poder más preso que el que el señor escudero me entregó, y si no es ése el mismo de que me encargué.
—¿Qué es esto, Hernán? dijo don Enrique soltando la presa.
—¡Qué ha de ser, señor! que sin duda debió de ser Ferrus el músico que yo cogí.
—Negra fortuna mía, gritó don Enrique. ¡Qué músico habíais de coger, ni qué!... ¡Por Santiago! venid acá, Ferrus: ¿qué hicisteis vos de cuanto os encargué? ¿quién era el músico, juglar? acabad ó...
—Serénate, señor, respondió temblando el aterrado Ferrus. Yo obedecí tus órdenes ciegamente: yo rodeaba el muro y me acercaba ya al que tañía, cuando él, echando de ver mi bulto, calló, y hundióse precipitadamente en la tierra; el diablo debía de ser sin duda, que tomó la forma de músico para perderme en tu estimación...
—¿El diablo? malandrín... no pudo menos de sonreirse don Enrique al oir la simpleza de su juglar. ¿El diablo?
—Señor, lo jurara: lo cierto es que yo no le volví á ver más: y cuando, todo ojos y orejas, me acercaba al sitio donde le había visto, y buscaba el boquerón que habría dejado al hundirse, sin saber por dónde encontréme con un caballo encima y un caballero... Bien sabe Dios que en aquel trance me santigüé...
—Adelante, miserable, acaba.
—Por acabado, señor: desde aquel punto ni vi ni oí; cuando recobré el uso de mi razón halléme en ese camaranchón donde me curaban las heridas que el mal enemigo me había hecho.