—Calle el necio, interrumpió, no pudiendo sufrir más, don Enrique. ¡Vive Dios, que nada comprendo, Hernán!
—Yo infiero, señor, dijo Hernán, que el músico debió ser si no diablo, muy ligero por lo menos, y yo debí tomar á Ferrus por el que tañía.
—Eso debió ser sin duda. Pero voto á Santiago que todos los deseos que de encontrar á Ferrus tenía no me pagan del pesado chasco. Alza, Ferrus, y vente con nosotros. ¡Necio de mí que fuí á escoger para tan delicada empresa al mandria mayor que vió la tierra! ¿Enviéte yo para que cogieras al músico, ó para que te dejaras coger por el primero que llegase?
—Perdóname, señor, contestó algo repuesto Ferrus; dijérasme lo que había de hacer contra el diablo en viéndole...
—¿Vuelves á mentar al diablo, menguado? ¿Dónde está el diablo, mal servidor? Enséñamele, desalmado.
—¡Jesús! Líbreme Dios. ¡Jesús! exclamó Ferrus santiguándose á más y mejor.
—Vamos de aquí, Hernán. Juro no abrir libro ni hacer trova, y júrolo por el apóstol Santiago, hasta no tener en mi poder al insolente doncel que de tal manera ha burlado mi esperanza. Ahora está libre, vive Dios, y puede hacernos mucho mal. Álvar, tu fidelidad será recompensada.
Inclinóse Álvar, y nuestros tres predilectos personajes salieron silenciosamente á la galería; regocijado Ferrus de verse libre, en poder de su señor legítimo, y disipado ya el nublado que sobre su cabeza tronaba desde la noche anterior; disimulando Hernán la risa que en el cuerpo lo retozaba al recordar á sangre fría el chasco inesperado; y mohíno por demás el desairado conde, á cuya imaginación se agolpaba entre otros peligrosos recuerdos el del secreto que había imprudentemente confiado al perseguido doncel, y dándole no poco cuidado la reflexión de no haberle visto en la corte, siendo así que ya no era la causa que él había pensado la que podía habérselo impedido.