CAPÍTULO XIV

Contadme vuestros enojos;
No toméis malencolía;
Que sabiendo la verdad
Todo se remediaría.

Rom. del conde Alarcos

En la misma postura que el paje refería haber dejado al melancólico doncel, envuelto en su gabán hasta los ojos, y roto á sus pies el laúd, permanecía cuando se presentó delante de él Hernando diciéndole con su acostumbrada sequedad:

—¿Lloras, señor? Levanta la cabeza y mira que ó yo entiendo poco de rastro, ó se te viene la res por sí sola á tiro de tu venablo.

Alzó la frente el consternado mancebo, y vió á pocos pasos de él una figura envuelta en un ropón negro, y cubierta la cara con la mascarilla que usaban en aquel tiempo las damas cuando salían sobre todo de su casa, ó cuando habían de hablar con caballeros desconocidos.

—¿De qué res hablas, Hernando? ¿Quién es esta dama? preguntó desembozándose con enfado el doncel.

Miróla entonces de alto abajo, y reparando que su silencio podía indicar que no venía á hablarle con testigos:—Retírate, Hernando, dijo: yo te llamaré cuando te haya menester. Cogiendo entonces de una mano á la dama, hízola entrar en su cámara. Luchaban en su fantasía mil encontradas ideas.

—Señora, le dijo con voz mesurada y tímida, sola estáis: si alguna revelación tenéis que hacerme, si alguna ocasión tenéis que proporcionarme en que pueda seros útil mi débil brazo, hablad: no en vano os habéis dirigido á un caballero de la corte del ínclito y poderoso rey de Castilla.