—Caballeros tiene la corte de don Enrique que pudieran desmentir la hidalguía de vuestras palabras, repuso la tapada con voz que desfiguraba enteramente la mascarilla que cubría su rostro.

—Nombradlos, señora; si algún caballero ha mancillado el nombre de una orden de caballería, él me dará razón y satisfacción...

—No os alteréis, y oidme. Sí, caballeros hay, y cerca de nosotros, que amancillan la clase á que pertenecen. Ni la sangre que corre por sus venas, ni el nombre ilustre que ostentan, ni la dorada cuna en que se mecieron son rémora bastante á sus desenfrenados deseos. ¿Conocéis á la condesa de Cangas y Tineo, á la ilustre doña María de Albornoz?...

—¿Sería posible? Seríais vos, señora...

—¡Pluguiese al cielo! Pero ni soy la condesa... ni...

—¿Quién sois, pues, vos la que en su nombre?...

—Templad vuestro ardor, noble caballero, y dadme palabra de oirme, y de no indagar quién yo soy...

Latía violentamente en el pecho el corazón de Macías: miraba una y otra vez á la desconocida; no osaba, sin embargo, afirmarse en sus sospechas.

—Con esa palabra proseguiré en mi demanda, dijo la dama. Contóle en seguida al caballero, que de todo estaba ignorante, cuanto de la condesa se decía...

—¡Muerta la condesa! exclamó Macías al llegar al funesto desenlace de tan triste historia... y vive el conde todavía... y...