—¡Silencio! He ahí el objeto de mi venida. La tiranía, la injusticia piden reparación. Mañana una amiga de la condesa se arrojará á los pies del rey, y denunciará la traición. Acaso será preciso que un caballero salga fiador con su espada de su acusación. ¿Estaréis mañana en la corte de don Enrique?...
—¿Qué me pedís, señora? Cuando pensaba alejarme de esa funesta corte...
—¿Alejaros? dijo con un movimiento de sorpresa la dama: ¿alejaros? repitió lanzando un amargo suspiro.
—¡Ah! señora, ¿ignoráis, repuso el doncel con la mayor agitación, que mi tranquilidad depende acaso de mi marcha precipitada?...
—¿Y dejaréis la inocencia ser presa de la traición?...
—Jamás; pero...
—¿Y sabéis vos, por ventura, poco generoso mancebo, lo que en este momento sacrifica la que tenéis ante vuestros ojos, los respetos que atropella, los riesgos á que se expone?...
—Acabad, santo Dios: ¿quién sois? vos, vos... no hay duda...
—Caballero, respetad mi silencio y mi dolor. Acabemos: he procedido de ligero cuando he creído que...
—No; no; mañana estaré en la corte de don Enrique. Una sola gracia os pido. Si he de ser vuestro caballero, dadme una prenda, señora, un color...