—Así lo espero, Ferrus. Tira el cordón que corresponde al cuarto del astrólogo, y retírate á esa cámara inmediata.

Hízolo Ferrus como se le mandaba. Apenas había doblado tras sí las batientes hojas de la puerta, oyéronse los vacilantes pasos de una persona de edad que bajaba escalones con toda la prisa que sus cansados años le permitían.

—Entrad, dijo don Enrique, y se presentó en la habitación el físico de su alteza Mosén Abrahem Abenzarsal, el mismo que en la corte de la mañana había acompañado constantemente al Doliente rey. Su estatura era pequeña, su tez pálida y macilenta; brillaban sus ojos en su oscuro semblante como dos carbuncos en medio de las tinieblas de la noche, y era la expresión de toda su persona, malignidad y avaricia; su mano descarnada y su barba larga le daban cierto aire de adusta gravedad. Su traje era un largo y amplio balandrán negro cogido con una larga correa; ayudábale á andar un nudoso y retorcido báculo semejante al bastón pastoral, y una toquilla con dos plumas malamente colocadas encubertaba su calva zolloa.

—¿En qué puedo servir al ilustre y eminente?...

—Tregua á las lisonjas; nos conocemos, y entre nosotros no son necesarias.

—Sea en buena hora, conde, repuso con humildad el físico. ¿Habéis menester de mi ciencia y de las relaciones que con el espíritu del ser conservo? ¿queréis consultar el curso de las estrellas?...

—En cuanto á las estrellas, Abrahem, no creo saber menos que vos. Dejemos á los astros del cielo recorrer tranquilamente su carrera, y no nos acordemos más de ellos que ellos se acuerdan de nosotros. Otros astros más humildes que cruzan sombríamente por esta esfera terrestre, haciendo sombra á mis vastos planes, son los que os será preciso desviar y no consultar.

—¿Queréis que amolde una semejanza de cera?... Señaladme la víctima: antes que la noche haya tendido sus densas sombras sobre el alcázar de Madrid, veréisla concluida y atravesado el pecho con punzante almarada: una lámpara arderá delante de ella; cuando gustéis, una vez pronunciado el funesto conjuro, vos mismo apagaréis el resplandor mortecino, y el que os haya ofendido, bien pudiera estar en el apartado polo, caerá herido de invisible mano...

—Tregua, viejo miserable, tregua al torpe manejo de vuestra pérfida ciencia. ¿Creéis por ventura que tengo yo mi tiempo libre para oir vuestras impertinencias? ¿Creéis que habláis con el imbécil don Enrique el Doliente, á quien su débil contextura arroja como una víctima inerme en vuestros groseros lazos? ¿Creéis que he pasado años enteros sobre los triángulos y los crisoles, llamando inútilmente á ese espíritu de las tinieblas, para dejarme deslumbrar de vuestra impudente charlatanería? Guardad para el vulgo esa necia ostentación, y acordaos de que es más fácil oir que adivinar.

Temblaba el viejo de mal reprimido coraje, pero no osaba arrostrar la indignación del impaciente Villena.