—Ea, Abrahem, dijo entonces don Enrique, más sosegado con el terrible efecto que en el réprobo habían hecho sus tonantes expresiones, ¿cuánto oro habéis fabricado esta mañana?

—¿Oro? ¡pluguiera al cielo! En vano he intentado encerrar en el crisol un rayo de ese sol que nos alumbra: él contiene la apetecida esencia del oro; pero el medio, el medio...

—¿No sabéis, pues, hacer oro con toda vuestra ciencia?

—Si supiera hacer oro, señor, ¿imagináis que fraguara, para ganarle, mentiras que algún tiempo yo mismo creí, pero que la experiencia me obliga en fin á desechar tristemente?

—Bien, Abrahem: ahora os ponéis en la razón; ahora habláis con el conde de Cangas. Ved: yo soy mejor alquimista. Sin andar á caza de la esencia del oro encerrada en un rayo del sol, yo hago ese precioso metal con los terrones de mis estados. Tomad esas doblas, añadió alargando al viejo, cuyos ojos brillaban ya de alegría, un repleto bolsón de cuero, tomadlas: ése es el mejor conjuro; á la voz de ése no hay espíritu en el orbe que no responda.

—¿Y en qué puede serviros vuestro criado?

—Oíd: ¿sabéis qué os ha elevado al alto favor que en la corte de don Enrique gozáis?

—Con tu licencia, señor, mi padre Abrahem Abenzarsal era ya físico del rey don Pedro el Cruel.

—¿Y os sostendríais, Abenzarsal, en ese lugar, que creéis arrogantemente haber heredado, si el nieto del célebre y primer marqués de Villena quisiese patentizar á la corte entera que vuestra existencia toda, vuestras palabras, vuestra misma persona, no son más que una prolongada impostura?

—Pero esas preguntas...