—Clemente VII estará probablemente ahora donde el maestre...
—¡¡Qué de importantes noticias!!
—Don Pedro de Luna ocupa la santa silla de Aviñón. Ahora bien, ¿á qué hora veréis á su alteza?
—Debo asistir á su refacción de la noche.
—¿Qué más pudierais pretender? Deslumbrad á la corte. Allí podéis hacer uso de vuestra recóndita ciencia. Adivinad delante de su alteza las noticias que acabo de daros, y adivinad también que el maestre de Calatrava ha de ser...
—Don Enrique de Villena.
—Justo. Mañana me ha de saludar el rey en la corte con ese pomposo título. Para el logro de nuestro fin es preciso que le conste al rey que no nos hemos visto.
—Nada más fácil. Ya sabes, señor, que la quebrantada salud del joven rey me obliga á habitar, ciñéndome á sus mismas órdenes, una habitación inmediata á la suya, y que todos ignoran que tengo una comunicación abierta con vuestro laboratorio. Su alteza juzga que encanezco ahora sobre los crisoles, que consulto las estrellas sobre el éxito de la guerra de Granada, y que revuelvo á Dioscórides buscando remedio á sus dolencias.
—Perfectamente. Esperad. Dos personas más me estorban para mis fines...
—Ya sabéis que he recibido no ha mucho de Italia un pomo de aquella agua clara, más cristalina que la que envían las sierras vecinas á esta villa, y que el que la llega una vez á sus labios no vuelve en sus días á tener sed.