—Basta, Abenzarsal, basta. Si el estudio endurece de esa suerte el corazón del hombre, quemaré mis libros, viejo empedernido en el pecado; soy ambicioso; pero creo que hay un Dios, y juzgo que ya he hecho lo bastante hoy para haberle de dar cuentas largas y terribles el día que se digne llamarme á su juicio.
—En ese caso...
—Oíd. La una persona es un doncel de Enrique el Doliente, un mancebo valeroso: las armas no pueden nada con él... pero es mozo de pasiones vivas; acaso manejándolas y volviéndolas contra él mismo...
—¿Se llama?
—Macías.
—¿Está en Calatrava?
—En el alcázar por mi desgracia.
—Prosigue, señor, la otra...
—Elvira, la mujer de...
—Tranquilizaos. Vos ignoráis acaso algunas circunstancias que derraman gran luz sobre mis ideas. Mañana os he de decir...