—No: hablad ahora.
—Bien: sabed que ese mancebo ha estado fuera de la corte por una pasión que le domina...
—¿Qué decís? Yo creí que mis servicios solos...
—Os equivocáis.
—¡Ah! ¡de esa ignorancia nació mi error! Proseguid.
—Es bizarro, pero preocupado, supersticioso como los jóvenes todos de esa corte ciega y atrasada...
—Proseguid.
—En una ocasión halléle en mi habitación: iba á consultarme sobre su horóscopo; examiné su temperamento, ardiente, arrebatado; hícele varias preguntas al parecer indiferentes; pero un joven de veinte años mal hubiera pretendido encubrir su flaco á un hombre de mi experiencia. Díjome sin querer decirlo que amaba, y de sus respuestas, que yo aparentaba despreciar, inferí que amaba á una dama casada...
—¿Casada?
—Mi predicción fué vaga. Deseoso de informarme mejor, tomé tiempo para responderle más claramente. Observéle entre tanto: de allí á pocos días un ramillete cayó del pecho de una dama desde un corredor al patio de los leones de su alteza; recordaréis que un caballero incógnito, armado y calada la visera, se precipitó á recoger el ramillete á riesgo de su vida...