—Adelante, Abrahem.
—El ramillete era de Elvira, el caballero, Macías. En la corte, y entre los que no tenían antecedente ni interés alguno en observarlos, esta anécdota sonó dos días, y se olvidó después. De allí á poco anuncié al mancebo que un astro fatal le perseguía en la corte...
—¡Santo Dios!
—El crédulo mancebo me creyó y desapareció. No me cabe duda: ama á Elvira, y la ama como un frenético. Mas, debe de ser correspondido: la dama no pensó en recoger su ramillete. Creedme; le he examinado atentamente; es de aquellos hombres en quienes el amor es siempre precursor de la muerte.
—¡Qué descubrimiento! ¿Y pensáis que?...
—Pienso que si logramos poner en juego esa pasión, pienso que si el doncel no ha olvidado su amor, vuestros enemigos se destruirán por sí solos, sin que necesitéis cargar vuestra conciencia con un crimen.
—Hacedlo, Abenzarsal, hacedlo, gritó don Enrique fuera de sí; quitáisme un peso horrible.
—Un medio para reunirlos, una ocasión, y son perdidos.
—Un medio, una ocasión... es más fácil decirlo que...
—No importa. Una ocasión.