—Y que Hernán Pérez...
—Sí: una vez impuesto Hernán Pérez, su ruina es cierta; el escudero es osado, pundonoroso, valiente...
—¡Ah! pero me hacéis recordar... si ha de envolver su desgracia la de mi escudero... mirad que me ha prestado servicios...
—Tranquilizaos, ilustre conde. ¿Qué mal le podrá venir? ¿Haber de encerrar á su mujer en una reclusión para toda su vida? Supongo que sabéis que un esposo de tres años no se morirá de tristeza por tan terrible golpe... Vos érais también esposo y...
—Abrahem, Abrahem, ya os he dicho que no consiento alusiones en esa materia: dejadme tiempo á lo menos para reconciliarme conmigo mismo.
—Señor...
—En buena hora, concluyamos en ese asunto; pues vos me respondéis de mi inocencia y de la vida de mi escudero, de consuno buscaremos un medio para reunirlos, y acaso la Virgen Santísima de Atocha, de quien soy devoto, nos le proporcione presto. Si lo consigo, ofrezco edificarle un santuario en la mejor villa del maestrazgo...
—Besad este escapulario, señor, que representa su efigie, dijo entonces el redomado físico, alargando el que del cuello traía pendiente, y ella y su Hijo os ayuden.
—Amén, dijo levantándose don Enrique con aquella incomprensible mezcla de devoción y de impudencia, de religión y de vicios que distinguía así á los hombres vulgares como á los más ilustrados de la época, sin que dejemos de inclinarnos á creer que en hombres como nuestros dos interlocutores eran aquellas prácticas exteriores hijas sólo de la costumbre. Amén, repitió, y apretando la mano del físico, separáronse con una afectuosa mirada de inteligencia; volvió á subir el astrólogo la escalera escondida por donde había bajado, para meditar en los medios de cooperar á los planes ambiciosos de don Enrique, y éste cruzó su laboratorio alquimístico en busca de Ferrus, que en la cámara impaciente le esperaba.