CAPÍTULO XVI

Viendo aquesto un moro viejo
Que solía adivinar...
Suspirando con gran pena,
Aquesto fué á razonar.

Canc. de Rom.

Inútil es decir á nuestros lectores que el físico Abrahem Abenzarsal contó en cuanto llegó á su aposento las relucientes doblas del de Villena, y que animado con su sonido vivificador, y con la esperanza fundada de merecer nuevas confianzas de la misma especie, coordinó sus ideas y estudió preventivamente el difícil papel que ante el rey de Castilla había de representar de allí á poco. Llegada la hora, asistió como tenía de costumbre á la mesa frugal de su alteza, ora previniéndole los platos que debía comer y los que sólo debía gustar, ora dando pábulo con sus bien estudiadas respuestas á la conversación naturalmente seca y desabrida de Enrique III. Hubieron empero de chocarle tanto á su alteza las misteriosas palabras con que salpicó la cena su médico, que no pudo menos de hacerle entrar en su cámara, y á presencia sólo del buen condestable Rui López Dávalos, que gozaba con él de la mayor privanza, y era no poco afecto á supersticiones y hechicerías,—Abrahem, le dijo, tus palabras encierran esta noche un sentido que no acierto á comprender. Díme por tu vida si algún fausto acontecimiento se prepara para estos reinos, ó si alguna calamidad nos amaga, que podamos evitar con el favor de nuestro padre san Francisco, á quien venero particularmente.

—Vana es ya la intercesión de los santos, señor, cuando es pasada la hora del hombre.

Paróse aquí el inspirado varón, arqueó las cejas con siniestro mirar, dió un golpe en el pavimento con su nudoso báculo, y permaneció suspenso largo espacio, insensible á las reiteradas instancias del asustado monarca, que puesto en pie y descubierta la cabeza, pendía de su boca, ni más ni menos que el reo que espera oir de la de su juez la temida sentencia. Llegándose entonces el astrólogo judiciario á una rasgada y gótica ventana, y examinando el cielo detenidamente,—No me engañaron, exclamó con voz hueca y sonora, que salía como un trueno de lo más hondo de su agitado pecho: no me engañaron los infalibles cálculos de mi cábala. El astro que ha presidido tan infausto día, velado entre cenicientas y rojas nubes, acabó su diurna revolución, y corrió á lanzarse en la inmensidad de los mundos, dejando tras sí sangrientas huellas de su funesto paso. ¡Oh rey! humilla tu frente soberbia; la iglesia de tu Dios dividida y presa de un cisma prolongado, va á caer su columna principal; el sublime vicario de su ungido inclina la frente pálida, soltando sus sienes la triple corona que dignamente llevó, y sus débiles manos las llaves de Pedro y el anillo del Pescador.

—¡Dios mío! exclamaron á un tiempo el piadoso rey y el asombrado condestable; ¡Clemente VII!

—Sí, Clemente VII, continuó el energúmeno, ha pagado á la tierra el tributo de que sólo un profeta de Israel, arrebatado por el fuego del cielo, pudo eximirse. Pero esperad; veo levantarse sobre su asiento y calzar la sagrada sandalia á un ilustre aragonés: un rico-hombre de los de Luna es el elegido del Señor, á quien confía el timón de su nave zozobrante... Oh Benedicto, catorce de este nombre; á alta misión has sido llamado por el cielo. ¡Qué de lágrimas costará tu aragonesa condición, tu invencible tenacidad, á los fieles divididos! En ti habrán de estrellarse los esfuerzos conciliadores de Urbano y del sacro colegio romano.

—¡Don Pedro de Luna! exclamó vuelto hacia el condestable el sorprendido rey; ¡don Pedro de Luna! y arrodillándose ante una venerada estampa de las llagas de san Francisco, ¡Oh portento! continuó; libradme, Señor, de todo mal, y purificad mi alma si estas predicciones son hechas por arte de vos reprobado...

—Rey, interrumpió al oir este escrúpulo religioso el solapado Abrahem, el Dios del cielo y de la tierra no reprobó nunca la ciencia, si bien quiso descubrir á pocos sus recónditos arcanos. Los hechos que te refiero, además, no son predicciones de incierto porvenir, en cuya oscuridad no es dado siempre á los míseros mortales penetrar; á la hora esta, si es cierto que hablan los astros á los que poseen el don de entender su lenguaje sublime, Aviñón ha sido testigo ya de los grandes acontecimientos que te anuncio. ¿Ves aquella estrella, cuyo incierto resplandor parece querer apagarse con vacilantes oscilaciones, á la derecha de la Osa menor, siguiendo la dirección de mi báculo? Parece lanzar sus mortecinos reflejos á la parte de Calatrava...