—Dices bien, Abrahem. Por otra parte, el nombre ilustre de mi pariente no puede menos de dar realce á la orden de Calatrava, y sus caballeros no opondrían obstáculo á tan acertada elección.

—¡Hágase la voluntad del Señor! respondió el taimado físico con solemne entonación; é inclinando la cabeza, el recogimiento en que quedó pareció anunciar el fin de sus predicciones.

—Condestable, dijo el rey después de una ligera pausa, mañana dispondréis que la corte se reúna. Quiero recibir á los embajadores del Tamorlán y del rey de Francia. Abenzarsal, ayudadme á entrar en mi cámara: mis fuerzas se debilitan, y después de la agitación de esta noche necesito que las restaure un sueño reparador.

Llamó el condestable á los camareros de su alteza, y abriéndose las puertas de la estancia en que dormía, despidióse de él el primero; el rey de allí á poco, apoyado en el brazo de su físico favorito, desapareció, volviéndose á cerrar las hojas de la puerta, y quedando aquella parte del regio alcázar sumida en el más profundo silencio.


CAPÍTULO XVII

Yo os repto, los zamoranos,
Por traidores fementidos;
Repto á todos los muertos,
Y con ellos á los vivos;
Repto hombres y mujeres,
Los por nacer y nacidos;
Repto á todos los grandes,
Á los grandes y á los chicos,
Á las carnes y pescados,
Y á las aguas de los ríos.

Canción de Rom.

Aún no había conciliado el sueño el poderoso rey de Castilla, cuando ya el impaciente conde de Cangas y Tineo sabía palabra por palabra el coloquio que en el anterior capítulo dejamos descrito. Á la mañana siguiente creyó ya del caso la llegada de la noticia de la muerte del maestre de Calatrava; tomó en consecuencia sus disposiciones para que el enviado, que precisamente había llegado la víspera y que él había sabido entretener, se presentase en la corte de aquel día, y esperó tranquilo el resultado de su artificio.

El salón principal del alcázar donde tenía corte su alteza se hallaba ya ocupado en la mañana del día, que tan fecundo prometía ser en notables acontecimientos, por algunos caballeros jóvenes donceles del rey, por varios pajes de lanza y de estribo, y por los ballesteros que guardaban las puertas como prevenía la etiqueta del tiempo. Algunos caballeros cortesanos de los que no acompañaban al rey á la misa, que á la sazón oía, discurrían sobre las noticias del día.