—¿Qué novedades, dijo un joven de gallarda apostura y de pulido arreo á otro caballero que paseaba con él á lo largo del salón, qué novedades habéis recogido para vuestra corónica, señor coronista Pedro López de Ayala?
—La principal, señor don Luis de Guzmán, es la que de Sevilla me escribe el ginovés Micer Francisco Imperial.
—¿El de las trovas que comienzan Gran sosiego é mansedumbre á doña Angelina de Grecia, la princesa que ha regalado á Castilla el gran Tamorlán, del botín que cogió al turco Bayaceto?
—El mismo. Buen ingenio.
—¿Y qué os dice?
—Díceme que el ginebrino que envió á buscar su alteza á París para componer el reloj de la torre de Sevilla, halo compuesto á las mil maravillas, y que da todas las horas como antes de haberle caído el rayo hace un año.
—Cierto que es importante, porque no había otro reloj tan maravilloso en Castilla, ni quien supiera componer aquella enredada máquina. ¿Premiáronle bien?
—Merece más de diez mil maravedís. ¿Habéis oído, señor comendador, que acaba de llegar un demandadero de Calatrava?
—Por la Virgen de Atocha que eso me interesaría, porque mi tío el maestre estaba malo...
—Sabéis que si muriese, lo que Dios no quiera, podríais pretender...