—Acaso. Pues nada oí: estuve jugando á las tablas...

—¡Ah! vos bohordais bien.

—Sí, ahora que no está aquí el doncel Macías: cuando está, nadie lanza con más tino el bohordo, ni derriba más veces el tablero. Cobróle afición el rey sólo por eso.

—¿Y qué es de Macías? ¡Bravo trovador y buen caballero!

—Desde que está en comisión del hechicero no se sabe de él. ¿Sabéis que ese hombre es el diablo, y que todo el que se le llega desaparece? Mirad ahora la condesa...

—¡Bah! como dice Rodríguez del Padrón, el trovador gallego, amigo de Macías, ya se le podría hechizar á él con una buena lanza, porque, sea dicho sin ofenderle, se le entiende más de lais y vireláis, que de achaque de encuentros. Ahora anda enseñando la gaya ciencia al marqués de Santillana.

—Eso sí que es mancebo de sutil ingenio. El joven don Iñigo Mendoza gusta mucho de letras, y ha de hacer con el tiempo mejores trovas que el mismo Alfonso Álvarez de Villasandino, y que el judío Baena. Á propósito, ¿cómo lleváis vos vuestro rimado?

—Téngolo suspendido porque digo grandes verdades en él, y ya sabéis que en palacio...

—Oh, la verdad nunca gusta á...

—¡El rey!... dijo una voz que salía de las piezas inmediatas.