—¡Don Enrique! repitieron en voz confusa casi á un mismo tiempo los señores todos que rodeaban el trono.
—¡Santo cielo! exclamó el agitado conde volviéndose al rey con ademán y gesto hipócrita. ¿No me bastaba, señor, que una fatal estrella me privase de mi esposa; era preciso que la calumnia se uniese á la alevosía, y que don Enrique de Villena se viese así ultrajado en tu misma corte y en tu presencia misma? Toma, señor, los honores que me has dado, recoge las distinciones con que me has honrado; toma esta espada, acepta esa banda que mal pudiera llevar con honor quien vió de esa manera el suyo atropellado...
—Serenaos, don Enrique, dijo tranquilamente después de un breve rato de meditación el rey justiciero, serenaos: conservad esas distinciones que tan bien os están, y tened presente que la calumnia se embota en el inocente como la punta de la lanza en el bruñido peto.
—¿La calumnia? repitió mirando de nuevo en derredor la dueña desconsolada.
—Dueña, dijo don Enrique entonces con entereza, ¿sabéis el nombre que habéis tomado en boca, y la persona á quien ultrajáis?...
—La verdad nunca puede ser ultraje.
—¿Sabéis á ciencia cierta lo que dijisteis?...
—Juráralo si fuera menester.
—¿Qué caución dais de vuestras palabras? ¿quién sois? ¿por qué venís tapada á acusar al delincuente? La verdad trae la cara descubierta á la faz del sol. La mentira es la que se esconde.
—¿Quién yo soy, señor? si pudiera decirlo no viniera de este modo. ¿No es posible que circunstancias personales me impidan descubrirme en público? Tomad, señor, dijo entonces la tapada presentando á su alteza un anillo que en el dedo traía. Ese anillo puede decir quién soy algún día.