Tomó su alteza el anillo y examinóle detenidamente.—¿Conocéis ese anillo, Abenzarsal, ó la seña que dice esa dama?

—Señor, dijo Abenzarsal al oído de su alteza, las piedras forman un nombre.

—Guardadle, pues.

—Además, señor, no trato de huir; póngome bajo tu salvaguardia; sé que desde el punto en que tomo sobre mí esta acusación mil peligros me rodean.

—¿Y sabéis, incauta dueña, que la pena del talión espera al impostor?...

—Sólo sé que el crimen debe denunciarse y desenmascararse al criminal.

—¿Sabéis que si os faltan pruebas, ó un caballero que sostenga vuestra acusación, seréis puesta en tormento y?...

—¡En tormento! dijo espantada la dama volviendo á mirar en derredor con inquietud. ¡En tormento!

—Á tiempo estáis de desdeciros...

—Desdecirme... exclamó la dama enlutada clavando en don Enrique los ojos, que aparecían en medio de su antifaz como los relámpagos que rasgan la negra nube en medio de una noche tempestuosa. Jamás.