—En ese caso es forzosa la muerte del delincuente ó la vuestra.

—¡Nadie, nadie! dijo entre dientes la demandante mirando á las puertas, y escuchando con la mayor ansiedad. ¿No hay un caballero, exclamó entonces con despecho volviéndose á los cortesanos todos, no hay un cortesano siquiera del poderoso rey de Castilla que sepa empuñar una lanza por la inocencia, que salga por una mujer?

Leve y susurrante murmullo corrió por la asamblea á esta invitación desesperada. Pero lucían en los pechos y en los brazos de los más caballeros jóvenes prendas del amor de sus damas: un caballero que tenía la suya no podía adoptar otra. No era además seguro que la acusadora no hubiese perdido el juicio, cuando con tan poco apoyo y favor osaba habérselas con el más poderoso señor de Castilla. ¿Quién la conocía? Nadie: ¿quién estaba seguro de no ser víctima del rencor del de Villena si tomaba la defensa de la advenediza?—¡Oh oprobio! ¡oh mengua! ¡oh caballeros! exclamó sollozando la desairada hermosa. ¡He aquí la corte de don Enrique III! Lo veo, aunque tarde: la inocencia no encuentra defensa entre los hombres. No importa. Insisto en la acusación.

—Faraute, dijo entonces su alteza, haced vuestro deber.

Adelantóse un faraute, y en la fórmula del tiempo anunció tres veces en alta voz la acusación hecha á don Enrique de Villena; preguntó si algún caballero tomaba la demanda de la acusadora, y sucediendo á sus voces sepulcral silencio, intimó á aquélla que en el plazo preciso de tres días había de presentar un defensor ó las pruebas de su acusación, y que cumplido el plazo sin presentarle sería puesta en tormento y llevada al suplicio, donde le sería la lengua cortada y arrojada á los canes, después de ello ajusticiada por calumniadora.

No pudo oir esta última parte de la intimación la desolada dama sin exhalar un gemido de terror, y abandonándola sus fuerzas, dejóse caer en brazos de una de las dueñas que la habían acompañado.

Movido á lástima el rey al ver su situación, alzóse en el trono, y puesto en pie,—Don Enrique, dijo, estoy seguro de vuestra inocencia, y el cielo en todo caso saldrá por ella. Aflígeme sin embargo el estado de esa desgraciada, y la administración de la justicia exige que yo satisfaga la vindicta pública. Dadme, Abenzarsal, ese anillo. Quiero yo mismo requerir por última vez un defensor. Ricoshombres, caballeros, ¿quién de vosotros toma esta demanda? El caballero que se proclame su defensor recibirá este anillo como prenda de la dama que va á defender, y si sale con victoria de la prueba á hierro y demuestra en el palenque, con el favor de Dios, la verdad de la acusación, que no creemos, este anillo le servirá de seguro para los días de su vida: la persona que me lo presente logrará la gracia que pida, y su dueño será libre de toda pena en el momento de presentarlo. ¿Quién de vosotros toma la demanda de la acusadora?

—¡Yo! exclamó una voz estentórea que resonó fuera de la cámara todavía.

—¡Él es! gritó con penetrante alarido la enlutada, y el exceso de la alegría, pudiendo más en su alma que el pasado dolor, la derribó sin sentido en brazos de sus dos dueñas.

Volvieron los ojos los cortesanos á mirar quién fuese el temerario que en tan arriesgada demanda se entrometía, y don Enrique de Villena, cuya alegría se había manifiestamente conocido por algunos instantes, dirigió miradas de fuego y de incertidumbre hacia el advenedizo defensor de su acusadora.