—Bien, sí... Estoy mortal, añadió para sí levantándose Vadillo: si habrá muerto efectivamente la condesa; ¿sería capaz el conde?... ¡Qué horror! Por otra parte, conociéndome, si lo hubiera hecho, me lo hubiera ocultado... yo le afeé... ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Yo he sido cómplice de un asesinato? La dueña enlutada no podía ser sino la sombra misma de la condesa. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Virgen santísima! gritó Vadillo fuera de sí.

—Esposo, ¿qué es eso? ¿sabéis que empiezo á temer que sea cierta la pérdida de vuestra razón?... Contadme por Dios...

—Nada; imposible; en dos palabras: ¿vos no habéis salido?

—¡Qué pregunta!

—¿No saldréis?

—¡Qué aire!

—Á Dios. Elvira, á Dios. No me esperéis hasta la noche. Asuntos de importancia me llaman al lado de don Enrique...

—¿Os vais? ¿Para eso habéis venido? Mirad...

—Bien sé que me queréis, que me sois fiel; soy un loco... pero... la condesa... ya sabéis... ahora dejadme por Dios, dejadme, vuestra presencia me hace mal.

Separóse al decir esto casi por fuerza de los brazos de su esposa, la cual quedó sollozando en un sillón con el paje al lado.