Ahí van, pues, esas mis incultas ideas, tales cuales son, mal ó bien compaginadas, y derramándose á borbotones como agua de cántaro mal tapado.
«¿No se lee en este país porque no se escribe, ó no se escribe porque no se lee?».
Esa breve dudilla se me ofrece por hoy, y nada más.
Terrible y triste cosa me parece escribir lo que no ha de ser leído; empero más ardua empresa se me figura á mí, inocente que soy, leer lo que no se ha escrito.
¡Mal haya, amén, quien inventó el escribir! Dale con la civilización, y vuelta con la ilustración. ¡Mal haya, amén, tanto achaque para emborronar papel!
Á bien, Andrés mío, que aquí no pecamos de ese exceso. Y torna los ojos á mirar en derredor nuestro, y mira si no estamos en una balsa de aceite. ¡Oh infeliz moderación! ¡Oh ingenios limpios los que no tienen que enseñar! ¡Oh entendimientos claros los que nada tienen que aprender! ¡Oh felices aquéllos, y mil veces felices, que ó todo se lo saben ya, ó todo se lo quieren ignorar todavía!
¡Maldito Gutenberg! ¿Qué genio maléfico te inspiró tu diabólica invención? ¿Pues imprimieron los Egipcios y los Asirios, ni los Griegos ni los Romanos? ¿Y no vinieron, y no dominaron?
¿Que eran más ignorantes dices? ¿Cuántos murieron de esa enfermedad? ¿Qué remordimientos atormentaron la conciencia del Omar, que destruyó la biblioteca de Alejandría? ¿Que eran más bárbaros, añades? Si crímenes, si crueldades padecían, crímenes y crueldades tienen diariamente lugar entre nosotros. Los hombres que no supieron, y los hombres que saben, todos son hombres, y lo que peor es, todos son hombres malos. Todos mienten, roban, falsean, perjuran, usurpan, matan y asesinan. Convencidos sin duda de esta importante verdad, puesto que los mismos hemos de ser, ni nos cansamos en leer, ni nos molestamos en escribir en este buen país en que vivimos.
¡Oh felicidad de haber penetrado la inutilidad del aprender y del saber!
Mira aquel librero ricachón que cerca de tu casa tienes. Llégate á él y dile: «¿Por qué no emprende usted alguna obra de importancia? ¿Por qué no paga bien á los literatos para que le vendan sus manuscritos?—¡Ay, señor! te responderá. Ni hay literatos, ni manuscritos, ni quien los lea: no nos traen sino folletitos y novelicas de ciento al cuarto: luego tienen una vanidad, y se dejan pedir... No, señor, no.—¿Pero no se vende?—¿Vender? Ni un libro: ni regalados los quiere nadie; llena tengo la casa... ¡Si fueran billetes para la ópera ó los toros...».