¿Ves pasar aquel autor escuálido de todos conocido? Dicen que es hombre de mérito. Anda y pregúntale: «¿Cuándo da usted á luz alguna cosita? Vamos...—¡Calle usted por Dios! te responderá furioso como si blasfemases; primero lo quemaría. No hay dos libreros hombres de bien. ¡Usureros! ¡Mire usted, días atrás me ofrecieron una onza por la propiedad de una comedia extraordinariamente aplaudida; seiscientos reales por un Diccionario manual de geografía, y por un Compendio de la historia de España, en cuatro tomos, ó mil reales de una vez, ó que entraríamos á partir ganancias, después de haber hecho él las suyas, se entiende!!! No, señor, no. Si es en el teatro, cincuenta duros me dieron por una comedia que me costó dos años de trabajo, y que á la empresa le produjo doscientos mil reales en menos tiempo; y creyeron hacerme mucho favor. Ya ve usted que salía por real y medio diario. ¡Oh! y eso después de muchas intrigas para que la pasaran y representaran. Desde entonces, ¿sabe usted lo que hago? Me he ajustado con un librero para traducir del francés al castellano las novelas de Walter Scott, que se escribieron originalmente en inglés, y algunas de Cooper, que hablan de marina, y es materia que no entiendo palabra. Doce reales me viene á dar por pliego de imprenta, y el día que no traduzco no como. También suelo traducir para el teatro la primer piececilla buena ó mala que se me presenta, que lo mismo pagan y cuesta menos: no pongo mi nombre, y ya se puede hundir el teatro á silbidos la noche de la representación. ¿Qué quiere usted? En este país no hay afición á esas cosas».
¿Conoces á aquel señorito que gasta su caudal en tiros y carruajes, que lo mismo baila una mazurca en un sarao con su pantalón colan y su clac, hoy en traje diplomático, mañana en polainas y con chambergo, y al otro arrastrando sable, ó en breve chupetín, calzón y faja? Mil reales gasta al día, dos mil logra de renta; ni un solo libro tiene, ni lo compra, ni lo quiere. Pues publica tú algún folleto, alguna comedia... Prevalido de ser quien es, tendrá el descaro de enviarte un gran lacayo aforrado en la magnífica librea, y te pedirá prestado para leerlo, á ti, autor, que de eso vives, un ejemplar que cuesta una peseta. Ni con eso se contenta: darálo á leer á todos sus amigos y conocidos, y por aquel ejemplar leerálo toda la corte, ni más ni menos que antes de descubrirse la imprenta, y gracias si no te pide más para regalar. Pregúntale: «¿Por qué no se suscribe á los periódicos? ¿Por qué no compra libros, ni fiados siquiera?—¿Qué quiere usted que haga? te replicará, ¿qué tengo de comprar? Aquí nadie sabe escribir; nada se escribe; todo eso es porquería». Como si de coro supiera cuántos libros buenos corren impresos.
Por allá cruza un periodista... Llámale, grítale: «¡Don Fulano! Ese periódico, hombre, mire usted que todos hablan de él de una manera...—¿Qué quiere usted? te interrumpe; un redactor ó dos tengo buenos, que no es del caso nombrar á usted ahora; pero los pago poco, y así no extraño que no hagan todo lo que saben: á otro le doy casa, otro me escribe por la comida...—¡Hombre! ¡Calle usted! —Sí, señor; oiga usted, y me dará la razón. En otro tiempo convoqué cuatro sabios, diles buenos sueldos; redactaban un periódico lleno de ciencia y de utilidad, el cual no pudo sostenerse medio año; ni un cristiano se suscribió; nadie lo leía; puedo decir que fué un secreto que todo el mundo me guardó. Pues ahora con eso que usted ve estoy mejor que quiero, y sin costarme tanto. Todavía le diría á usted más... Pero... Desengáñese usted, aquí no se lee.—Nada tengo que replicar, le contestaría yo, sino que hace usted lo que debe, y llévese el diablo las ciencias y la cultura».
Lucidos quedamos, Andrés. ¡Pobres batuecos! La mitad de las gentes no lee, porque la otra mitad no escribe, y esta no escribe porque aquella no lee.
Y ya ves tú que por eso á los batuecos ni nos falta salud ni buen humor, prueba evidente de que entrambas ninguna falta nos hacen para ser felices. Aquí pensamos como cierta señora, que viendo llorar á una su parienta porque no podía mantener á su hijo en un colegio, «Calla, tonta, le decía: mi hijo no ha estado en ningún colegio, y á Dios gracias bien gordo se cría y bien robusto».
Y para confirmación de esto mismo, un diálogo quiero referirte que con cuatro batuecos de estos tuve no ha mucho, en que todos vinieron á contestarme en sustancia una misma cosa, concluyendo cada uno á su tono y como quiera.
«Aprenda usted la lengua del país, les decía, coja usted la gramática.—La parda es la que yo necesito, me interrumpió el más desembarazado con aire zumbón y de chulo; fruta del país: lo mismo es decir las cosas de un modo que de otro.
»Escriba usted la lengua con corrección.—¡Monadas! ¿Qué más dará escribir vino con b que con v? ¿Si pasará por eso de ser vino?
«Cultive usted el latín.—Yo no he de ser cura, ni tengo de decir misa.
«El griego.—¿Para qué, si nadie me lo ha de entender?