Dejemos empero á los emisarios de uno y otro corriendo los campos de Castilla, y llevando de una parte á otra órdenes contradictorias, y volvamos á seguir el hilo de las maquinaciones, de que era teatro la parte del alcázar destinada á las habitaciones de su alteza y de sus más allegados servidores.
CAPÍTULO XX
Quien esto vos aconseja,
Vuestra honra no quería.
Rom. de don García
Empezaba á anochecer cuando el astrólogo Abrahem Abenzarsal, paseándose en su laboratorio con notable inquietud, parecía esperar á alguna persona, ó el éxito por lo menos de alguna de las muchas intrigas en que le tenía embarcado á la sazón su desmedida avaricia.
—¿Si habré cometido una imprudencia? decía. ¡Oh! á mi edad sería imperdonable. ¡¡Los motivos que me expuso fueron tan poderosos y tantas sus lágrimas, tan eficaces sus ruegos!! No sé qué principio de condescendencia hay en el corazón del hombre, el más duro, el más empedernido, el más viejo, para con una mujer, y una mujer hermosa y joven que suplica... pero... alguien viene... ¡Ah! No cometí imprudencia alguna.—Señora, me halláis en la mayor inquietud... estaba anocheciendo ya...
—Os di mi palabra, respondió la dama, que entraba, é hicisteis mal en estar con cuidado. Pero os advierto lo mismo que esta mañana os advertí: bien conocéis cuán difícil es que en mi posición pueda continuar semejante enredo. Os he dicho ya que las razones que á ocultarme me obligaron nada tenían de común con su alteza; muchas veces no se puede hacer una obra buena á cara descubierta; las posiciones de la vida... En fin, ya me habéis comprendido. Espero, pues, que si no habéis hablado á su alteza, lo habléis cuanto antes os sea posible.
—Esta misma noche, señora, podréis retiraros. Una vez que sepa su alteza quién sois, ¿qué inconveniente podrá haber?...
—¡Qué agradecida debo estaros, sabio Abrahem!