—Vuestra estancia aquí es ahora indispensable. Su alteza pudiera querer veros, y sus órdenes han sido tan terminantes... Por otra parte no es de extrañar que quiera tomar con la acusadora de su querido pariente todas las medidas que la prudencia indica, sobre todo cuando no presenta acusación tan atrevida vislumbre alguno de verosimilitud.

—¿Vos también, Abenzarsal, vos que conocéis á don Enrique de Villena?...

—Porque le conozco, señora, no le creí nunca capaz de un...

—De todo, Abrahem, de todo.

—Veo que os hace obrar, señora, algún resentimiento particular... ¡Oh! sabido es que el conde fué siempre aficionado en demasía á las bellas...

—De nada le hubiera servido esa afición para conmigo...

—Conozco vuestra virtud... pero pudiera muy bien...

—¿Sí? ¿y qué? ¿para qué negarlo? largo tiempo duró su persecución; pero si alguno de los dos puede aborrecer al otro por ese recuerdo, él es y no yo...

—Lo sé, señora.

—Por lo que á mí hace, me ha movido la amistad que á la condesa, mi señora, siempre he profesado, y el cielo; no otras consideraciones. Las que puedan moverle á él contra mí me interesan poco, Abenzarsal. Hállome bajo la protección de las leyes, bajo la salvaguardia de mi estado, bajo la custodia ahora de su alteza mismo.