—Decís bien, hermosa dama. Perdonadme si no entro ahora mismo á hablar por vos á su alteza; pero tengo para mí que ha de estar en su cámara todavía su doncel favorito, cuya larga ausencia no podía menos de dar lugar ahora á largas entrevistas. ¿Conocéis supongo al doncel Macías? ¡Pero qué distracción! es vuestro defensor.
—Sin embargo, respondió la dueña cubriéndose el rostro con su abanico morisco, nunca le hablé...
—¿No?
—Ya visteis que su presencia en la corte no tenía indicio de cosa premeditada de consuno. La casualidad sin duda le trajo... á tiempo que ningún caballero de la corte de don Enrique quería arrostrar por una débil mujer el poder del insolente Villena.
—Y su bizarro valor fué en ese caso y su cortesanía lo que le obligó á...
—¡Oh! eso no es nada. Más es de admirar la cobardía de los demás caballeros que su valor. Ése es deber...
—No seréis vos sin embargo, prosiguió el astuto astrólogo, la que negaréis al único caballero que os ha librado del riesgo en que estábais las brillantes y peregrinas dotes que Castilla toda le concede...
—Ciertamente, no. ¿Sabéis qué hora es?
—Aquí tenéis el arenero... Un solo defecto suelen encontrarle...
—¿Á quién?