—Al doncel.
—¿Y cuál? repuso la dama afectando una indiferencia que por cierto no sentía...
—Nada; dícese que nunca se le ha conocido dama alguna: sin embargo, tiene ya edad de enamorarse...
—¿Quién sabe si lo estará realmente? ¿Es forzoso decir á gritos?...
—No; pero sabéis que á su edad es raro el caballero que no puede llevar un mal lazo, una banda, prenda del amor de su dama. Hasta es desdoro. Como no sea que adore en secreto á alguna belleza cuyo mote no pueda llevar...
—¿Qué decís?
—Ó es eso, señora, ó es que el doncel no es sensible, sino al aguijón de la gloria. En ese caso su galantería sería pura caballerosidad...
—¿Estará ya solo su alteza? interrumpió la agitada dama.
—Paréceme, señora, que tenéis interés en interrumpir la conversación del doncel... ¿Sería yo indiscreto al hablar delante de vos?...
—Oh, no, no, nada de eso; hablad de él como pudierais de cualquiera otro. Sólo me relaciona con él el vínculo de la gratitud que recientemente me ha merecido.