—Sólo una cosa tenía que añadir, en el supuesto de que esta conversación no os incomode... ¿Estáis inquieta?

—No, os he dicho que no: estoy tranquila. ¿Por qué no habría de estarlo?

—Digo, pues, que acaso ahora con ser vuestro caballero...

—¡Mi caballero!

—Forzosamente ha de serlo.

—Sí, mi campeón, repuso la enlutada con un suspiro escapado del pecho á su pesar.

—Como queráis. La posición en que está para con vos, ese misterio que os empeñáis en guardar, la compasión que inspiráis, y el entusiasmo al mismo tiempo á que inclina el hermoso rasgo de amistad que habéis...

—No me lisonjeéis, y acabad.

—Todo eso, pues, hará nacer acaso en su imaginación ideas que no habrá tenido nunca tal vez, y en su corazón una afición...

—Perdonad, Abrahem, si os interrumpo; pero admiro vuestra penetración. ¿Habéis conocido antes en mi rostro que me sentía incomodada?...