—¡Imprudente! exclamó la dama retirando y escondiendo precipitadamente su mano.
—¡Elvira!
—¡Silencio!
—Vos sois, vos sois: no me lo ocultéis por más tiempo, si no queréis que muera á vuestros pies.
—Y bien, yo soy, respondió la dama abalanzándose hacia atrás para poner todo el espacio posible entre ella y el doncel; yo soy, puesto que fuera inútil negároslo por más tiempo. Y ¿qué queréis? ¿qué exigís de mí?
—¿Qué exijo, señora, qué exijo? preguntó el doncel arrebatado de su loco frenesí: ¿tengo derecho á exigir algo de vos?
—Huid, pues, y no turbéis por más tiempo mi tranquilidad.
—¿Vuestra tranquilidad? y la mía, señora, ¿quién la turbó sino vos? ¿ó no es nada por ventura mi tranquilidad?
—¿Yo?
—¿Quién sino vos emponzoñó mi existencia, antes feliz y descuidada? ¿quién sino vos me dijo: Macías, mírame y ama?