—Salgamos de una vez, exclamó, de esta penosa situación. Recordó entonces que en la mañana del mismo día había manifestado la enlutada su deseo de no ser conocida, y que él la había empeñado su palabra de no descubrirla.

—¡Horrible tormento! exclamó; pero respetaré tu voluntad, mujer cruel. Atrevióse entonces á llegar su mano á la de la tapada, y un fuego desconocido corrió por sus venas.

—¡Dios mío! gritó despertándose la dama al sentir su mano oprimida por la del doncel. ¿Dónde estoy? ¡ah! ¿qué hacéis? ¡Abrahem! Pero, cielos, ¿qué veo? ¿pierdo la cabeza? ¿quién sois? soltad... Guiomar, Guiomar, añadió levantándose y llamando con voz apenas inteligible á una de sus dueñas que en la antecámara la esperaban.

—Callad por Dios, callad, exclamó Macías mirando á la puerta. No llaméis á nadie: señora, ¿qué teméis?

—¿Quién sois? ¡Ah! ¡sois vos! ¿Me engaña mi deseo?

—¿Tu deseo? ¿has dicho tu deseo? repítelo otra vez, repítelo.

—No; no, caballero; no he dicho mi deseo. Perdonad si... no sé lo que pronuncio; el sueño, la... pero decidme, ¿por qué estáis aquí? ¿qué hacéis? Huid, huid ahora que os conozco.

—¡Cruel! ¿por qué?

—Soltad mi mano; soltadla, que no es vuestra...

—¡No es mía! ¡mil rayos me confundan! Perdonad si mi dolor... ¿pero qué veo? este anillo... ¡Santo Dios! ¡ella es! ¡ella es! ¿quién sino ella pudiera tener este anillo? Es el mismo, lo conozco, es el mismo.