La luz que alumbraba la habitación era una lámpara de que sólo ardía un mechero, y ése con pálido resplandor, porque el adivino no ignoraba cuán favorable es á la osadía en el amor un débil reflejo que sirve de velo al pudor y de capa al enamorado deseo. El doncel por lo tanto dirigió la vista á la mesa á que solía estar sentado trabajando el judío, y no vió á nadie. El sitial, donde estaba la dama reclinada, caía del otro lado de la mesa, y el aburrido caballero se creyó solo por consiguiente.—No está, dijo para sí; le esperaré. No había mucho que se había abandonado en un asiento á sus melancólicas imaginaciones, cuando le sacó de su distracción un ruido acompasado semejante al que produce el desigual aliento de una persona que duerme agitadamente. Miró á todos lados y creyó que su oído le engañaba, cuando un profundísimo suspiro vino á confirmarle en su primera sospecha.

—¿Quién hay aquí, dijo levantándose, quién? Alguien duerme en esta habitación: ¿será que el judío, rendido al poder del sueño?... pero santo Dios, ¿qué veo? añadió reparando en la dormida, cuyo vestido se confundía en color con el fondo oscuro de los muebles y de la habitación. Una persona... ella... ella es... la dama que esta mañana... no hay duda. Yo te doy gracias, santo Dios, por esta ocasión que me deparas propicio para averiguar lo que tanto anhelaba saber. ¡Oh! añadió acercándose con blando paso, temeroso de despertarla; ¡haced, Dios mío, que no venga nadie ahora, nadie!

La postura que el abandono de su letargo había hecho adoptar á la dormida era tan elegante como puede serlo la de una hermosa dormida: su ropa la cubría enteramente; uno de sus pies adelantado indolentemente, y levantando el extremo de su vestido, dejaba ver el torneado y ascendente contorno de una pierna modelada por el deseo: no la hubiera hecho más perfecta la imaginación. Reclinábase sobre la una mano su cabeza y la otra, naturalmente caída, parecía destinada á ser el objeto de la osadía de un amante arrodillado. Su extremada blancura, que se destacaba del fondo negro del vestido sobre que descansaba, la hacía semejante á esas pequeñas manchas de nieve que suelen verse todavía á fines de la primavera, desde larga distancia, resaltando entre las quebradas de una escarpada y oscura montaña. La agitación de su descanso marcaba á cada sobrealiento la delicada forma de su seno, que se alzaba y deprimía como suelen alzarse y deprimirse las leves ondas al blando impulso de la brisa azotadora. Su aliento desigual solevantaba de cuando en cuando el ligero antifaz de seda, y dejaba descubierta un instante la extremidad de su rostro, por la cual parecía poderse deducir fundadamente la hermosura del resto que no se llegaba á ver: levantándose alguna vez un poco más el antifaz llegaba á descubrirse cerca de la boca la huella de una fugitiva y vaga sonrisa; bien como un relámpago más prolongado suele en una noche tenebrosa ofrecer por un instante á la vista del ansioso espectador una porción del cielo que dejan á descubierto los intervalos de las nubes, ó la lejana y suave superficie de un arroyo plateado.

El doncel, cruzado de brazos á su lado, y sin atreverse á respirar ni acercarse por no terminar él mismo con el más leve ruido la dicha de su contemplación, esperaba el inmediato movimiento del antifaz, como si hubiese de ir viendo cada vez más porción de aquel tan deseado rostro, que la importuna tela robaba á sus ansiosas miradas.

No era, sin embargo, el descanso del tierno objeto de su expectación aquel que en la inmediación de la mañana tiñe en alegres imágenes la fantasía de una bella: era el sueño fatídico de una horrible pesadilla producida por la pena, ó por una bebida ponzoñosa y antinatural. Algún gemido se escapaba de cuando en cuando del pecho oprimido: un ay oscuramente pronunciado moría al nacer en sus trémulos labios, y la mano que pendía, moviéndose con dificultad, parecía querer desviar de su dueño la fantástica figura que atormentaba sin duda su intranquilo sueño.

—Padece la infeliz, padece, dijo entre dientes Macías. ¡Ah! ¿quién puede ser sino ella? ¿quién sino ella podría atar de esta manera mis acciones? ¿quién producir este respeto y esta agitación que á un mismo tiempo me dominan?

Un movimiento, en fin, más marcado pareció anunciar que iba á despertarse.

—Dejadme, dejadme, dijo confusamente; huid. La muerte, la muerte...

—No, dijo Macías sin poderse contener por más tiempo, no; la vida, la vida á tu lado eternamente. ¿Quién se atreverá á ofenderte estando Macías á tu lado?

Arrojóse entonces á sus pies, é iba á levantar con mano atrevida el antifaz.