—Voto va, señor, que yo no tuve nunca más constelación que mi mano derecha, y lo que sé decirle es que siempre está escrito que muera el venado contra el cual disparo mi venablo.
—¿Niegas tú, pues, la influencia de las constelaciones?
—No niego nada, pesiamí; pero si tienes enemigos, señor, y si quieres conjurarlos, ¿por qué no me dices: Hernando, escatima el rastro de aquel oso que me incomoda? Mal año para Hernando si antes de la luna nueva no habías de poderte hacer una buena zamarra con la piel de la bestia.
—Muchas veces, Hernando, conviene cazar de otra manera. Puede más el ingenio que la fuerza.
—¿Y que no tiene ingenio un montero? No todo ha de ser tampoco dar lanzada; pero maneras hay de cazar, si bien no se hicieron todas para monteros de corazón. No gusto yo de ardides; pero por ti, válame Dios, que monteara yo presto de todos modos. También yo estuve en tu tierra; allí en Galicia aprendí la montería á buitrón, y más de un lobo he cogido al alzapié.
—Bien se trasluce, Hernando, que se te alcanza más de ardides de montería que intrigas de corte. Mira si puedes esperar á mi salida, y dejemos para mejor coyuntura tus toscos lazos.
—Toscos, señor, pero seguros. Aquí te espero, y á la buena de Dios. Quiera éste que no caigas tú en la hoya del adivino, y salgas cazado pudiendo cazar.
—No temas, Hernando, que en el último apuro no ha de fallarme nunca una buena lanza, y eso es lodo lo que necesita un caballero. Entre tanto no tengo que temer del astrólogo, á quien nunca hice mal, sino de mí mismo, y este peligro es el que vengo á prevenir, que aquél prevenido se está.
—Como de esas veces sale la fiera de donde menos se espera. El oso era enemigo del hombre antes de que el hombre supiera cazarle. Anda con Dios, señor, mientras yo le quedo rogando que sea más feliz esta predicción del astrólogo que la pasada.
Sentóse á un lado Hernando dichas estas últimas palabras, y el dudoso doncel entró en el laboratorio del judío, inquieto por sus propios presentimientos, reforzados con las palabras del montero, y por el objeto de su supersticiosa visita.