¿Cuyo es aquel caballo
Que allá bajo relinchó?
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¿Cuyas son aquellas armas
Que están en el corredor?
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¿Cuya es aquella lanza
Que desde aquí la veo yo?

Canc. de r.m. anón.

Más de una hora había pasado desde que el intrigante viejo había sepultado en letargo profundo á la incauta enlutada, y no había alterado en aquel espacio el más mínimo ruido la tranquilidad que en el laboratorio reinaba.

Por fin dos hombres, vestido el uno de rica y vistosa seda, de tosco buriel el otro, armado aquél simplemente con una espada, balanceando éste en su diestra mano un agudo venablo, entraron en la pieza inmediata á la del astrólogo.

—¿Conque está decidido, dijo Hernando, que vais á ver á ese astrólogo?

—Citóme esta mañana, Hernando, repuso Macías, y no ha mucho que le he visto en la cámara de su alteza. «Dentro de una hora, me dijo, estaré en mi aposento: esperadme, si tardare, un momento».

—¡Plegue á Dios que no acabe el judío de volverte el juicio, señor!

—¿Por qué, Hernando?

—Por el soto de Manzanares, señor, que otra vez le viniste á ver y nos ha costado andar meses enteros perdiendo balcones en los montes de Calatrava, que así sirven para los de Madrid como sirven los más de los perros del rey Enrique para mi leal Brabonel.

—Así estaba escrito, Hernando; mi negra estrella lo dispuso de esa suerte.