—¡Señora!
—¡Santo Dios! ¿por qué no me lo habéis dicho?
—¡Oh! será un momento... una hora.
—¡Una hora, Abrahem! Quiero marcharme... me pondré el antifaz...
—¿Qué decís? si queréis, mi lecho...
—¡Dios mío! ¡Dios mío!... ¡Qué sueño, Abrahem, qué pesadez! es de plomo mi cabeza... Abrahem, Abrah... ah.... Bien.
Apenas tuvo fuerza para pronunciar esta última palabra, á la cual no podía ya dar la enlutada sentido alguno. Inclinóse su cabeza, dejó caer su brazo lánguidamente, abrióse su mano, y desprendióse de ella sobre su sitial el hermoso pañuelo que bordado de su propia mano traía, y en que lucía su nombre con gruesos caracteres góticos de oro y seda artificiosamente mezclados. El más profundo letargo había sobrecogido á la enlutada: y el astrólogo conocía efectivamente muy bien el maravilloso efecto de la narcótica bebida.
—¡Es mía! dijo, después de un momento de silencio, el físico: ¡es mía! añadió levantando el antifaz con que se había cubierto la dueña la cara antes de dormirse, y volviendo á dejarle caer sobre sus hermosas facciones luego que la vió profundamente dormida. Téngola segura aquí para más de dos horas. Una hora tengo para hablar con su alteza; otra para el desenlace de esta intriga infernal. Infernal, sí, pero pagada. Ésta es la circunstancia que han de tener las intrigas. Dichas estas palabras, reconoció el astrólogo su habitación y las puertas de ella: cerró la comunicación con la escalera secreta, y salió con dirección sin duda á la cámara de su alteza.