—Basta ya: ¡es imposible! ¿Paréceos que la superchería que conmigo usáis, y que este encuentro, casual sin duda, en la habitación del astrólogo, merece de mi parte premio y galardón? Creedme, joven imprudente, un mundo entero existe entre vos y entre mí: jamás le traspasaréis.
—¡Jamás! ¡Dios mío!
—Y escuchad: si queréis evitar mi odio, si mi aprecio os interesa, jamás me habléis de amor: os prohibo que os presentéis delante de mí, os prohibo que me dirijáis trova ni canción alguna; os prohibo...
—Prohibidme el vivir, cruel, y acabaréis más pronto, contestó el doncel con toda la amargura de la desesperación.
—Juradlo, Macías, juradlo si sois caballero.
—¿Que jure yo no amarte? Jurad vos no ser hermosa, jurad que vuestra voz no será dulce y penetrante, jurad que vuestros ojos no me abrasarán en lo sucesivo, y yo juraré entonces...
—¡Silencio! Soy perdida. ¿No sentís pasos? ¿No ois? ¡Abrahem, Abrahem!
—Sí; pero esa puerta se cerrará...
—¿Qué hacéis? Teneos. ¿Queréis hacerme delincuente cuando soy sólo desgraciada?
—Señor Hernán Pérez, dijo á este tiempo la conocida voz del astrólogo en la antecámara, entrad en mi habitación, y daré satisfacción á vuestras preguntas.