—Él es, exclamó Macías apretando por última vez la mano de Elvira, que se desasió de él, y lanzando un ¡ay! agudo y penetrante, se dejó caer sobro el sitial que detrás de sí tenía.

El lejano y repentino ruido de la conocida tormenta no pone más pavor en el corazón del asustado marinero que el que produjo en el pecho del hidalgo la voz acongojada que en balde intentaba desconocer.

—¡Santo cielo! gritó: ¡esta voz es la suya! Lanzóse en seguida en la habitación como se abalanza el tigre al redil, llamado por el tímido balido de la inocente oveja.

Detúvole empero y acabó de confundir todas sus ideas la presencia del doncel, que ya en pie, y echada la visera, parecía el ángel tutelar de la enlutada, puesto allí delante de ella para defenderla de todo riesgo.—Abrahem, dijo entonces vuelto hacia el astrólogo, ¿quién es esta enlutada?

Fingía el judío hallarse en la mayor agitación.—Señor, le respondió por último, permitid que no descubra á nadie este secreto que se me ha encargado, y menos á vos...

—¿Á mí?... Yo he de saberlo... Acercóse entonces, resuelto, á la tapada con ánimo al parecer de descubrirla.

—¿Qué hacéis, hidalgo?... preguntó una voz de trueno, deteniéndole al mismo tiempo el brazo del doncel.

Llegándose entonces el astrólogo á la dama, que se había arrojado de rodillas como á implorar piedad ante el celoso marido, asióla de una mano, y aprovechando el momento en que forcejeaba Hernán Pérez con el doncel, sacóla de la cámara, diciéndola al oído precipitadamente:

—Me ha sido imposible evitarlo; pero salvaos.

—La he de seguir, exclamó el hidalgo.