—No, mientras esté yo aquí, repuso el doncel. Id, señora...

—¿Y con qué derecho?...

—Con el de la fuerza.

—¡Ah! os conozco: mis dudas se desvanecen: ¿sois vos el doncel?...

—Yo mismo.

—Sacad la espada...

—¿Osado y descortés?

—Sacadla.

—No en el alcázar, gritó el astrólogo arrojándose entre los dos. Imprudentes, respetad mis canas. Macías, no tenéis razón sino para envainar vuestro acero. Hidalgo, os deslumbra tal vez...

—¡Basta, pérfido astrólogo! gritó fuera de sí el irritado hidalgo: ¡basta! Doncel, respetemos este lugar; pero en otra parte tengo que hablaros: salgamos.