—Salgamos, repuso Macías echando á andar tras el escudero. ¡Tiempo hace que lo deseaba! añadió en lo más profundo de su corazón.

—¡Oídme! gritaba el astrólogo. ¡Teneos!

Pero de allí á poco dejó de oir sus pasos precipitados; mirando entonces hacia la puerta por donde habían salido:

—¡Miserables, dijo cerrándola, os preciáis de fuertes y de entendidos, y un torpe anciano juega con vosotros como con sus maniquíes! Abriendo en seguida la comunicación que daba á la cámara de don Enrique, asió de una lámpara, y bajó silenciosa, pero precipitadamente, la escalera retorcida. Daba la luz en parte sólo de su rostro, merced á su mano derecha, que interpuesta la defendía los ojos del resplandor. Sonaban sus sandalias de escalón en escalón, y su larga ropa crujía barriendo el pavimento. Parecía el genio del mal de aquel oscuro alcázar, que recorría sus más recónditos rincones buscando víctimas nuevas que sacrificar el día siguiente á su insaciable furor.


CAPÍTULO XXII

Cuande la noche cerró,
Ambos se fueron armare,
Cabalgaron á caballo,
Salieron de la ciudade,
Armados de todas armas
Á guisa de peleare.

Rom. del marqués de Mantua

Con feroz expresión de alegría llegó Abenzarsal á noticiar al conde de Cangas y Tineo el funesto resultado de su bien combinada intriga: gran parte había tenido en ella la casualidad; pero ni creyó oportuno declarárselo así al conde, ni acaso lo creería él mismo. Regocijóse mucho don Enrique de Villena al principio de su narración, pero fué oscureciendo su rostro una nube de descontento cuando llegando al desenlace de la escena referida en nuestro anterior capítulo, calculó que á la hora en que él estaba escuchando tranquilamente de boca del empedernido viejo la horrible maquinación, ésta podría estar costándole la vida á uno de los dos combatientes, pues no era difícil inferir que á pelear y no á otra cosa habían salido en aquella forma y á aquellas horas del alcázar el amoscado hidalgo y el impetuoso caballero. Parecióle de veras mal que pasase la burla tan adelante. Cuando había admitido para este asunto los auxilios del astrólogo judiciario, ó se había lisonjeado de que éste conseguiría colocar las cosas en cierto punto del cual no pasasen, y que bastase sin embargo para poner fuera de combate á sus enemigos; ó lo que es más probable, no se había tomado el trabajo de reflexionar suficientemente que las pasiones no se manejan con la mano, y que el tino ha de estar en ver cómo se ha de soltar el león de la jaula, porque una vez suelto, ni hay retroceder, ni hay calcular dónde y cómo habrá de parar el estrago. Como todos los hombres débiles y faltos de energía, había procurado ahogar en un principio los latidos de su conciencia, si se nos permite esta atrevida metáfora. En balde trató el viejo redomado de tranquilizar su espíritu y embolar sus remordimientos, presentándole el caso menos arriesgado de lo que era y debía ser realmente; en balde le citó mil ejemplos de desafíos empezados y no concluidos, y enumeró infinidad de ellos terminados al llegar al campo por miedo de uno ó de los dos adversarios, ó por cualquiera extraña casualidad sobrevenida; ó llevados á cabo, en fin, á costa sólo de algunas heridas de poca importancia y gravedad. Para haber cedido á la insinuante persuasión del físico, era preciso no haber conocido el pundonoroso espíritu del hidalgo, y haber ignorado completamente la fibra irritable y la arrojada decisión del doncel. Luchaba el conde con mortales angustias entre el deseo de ver perdido al doncel y el temor de que quedase envuelto en su ruina su fiel escudero, cuyos leales servicios, y cuya probidad, sólo cariño y respeto le podían merecer. Si hubiera sido posible que por una causa ajena enteramente de él hubiera desaparecido Macías y callado para siempre la importuna honradez del hidalgo, hubiérase alegrado tal vez, pero la idea de que iba á recaer sobre su cabeza la sangre de un semejante suyo, no era bastante malvado para arrostrarla. ¡Estado infeliz del hombre que ni puede llamarse bueno ni malo completamente, en cuyo corazón domina todavía el conocimiento de lo primero, sin el suficiente vigor para desechar lo segundo! El tiempo entre tanto corría, y era forzoso decidirse presto.—Abenzarsal, dijo por fin Villena con la violencia que se hace el enfermo para pasar de un trago la amarga medicina, á que ha de deber mal su grado su salud, Abenzarsal, me habéis perdido. Nada habéis hecho por mí, si muere alguno. Corramos á evitar una catástrofe. ¡Ay de nosotros si llegamos tarde! No os mandé yo tanto.

—¿Qué dices, señor? repuso asombrado el astrólogo, que contaba todavía con la indecisión del conde y con su propia elocuencia para acabarle de determinar. ¿Pretendes lograr tus planes con semejante cobardía? ¿nada quieres sacrificar? nada, pues, lograrás. El entendido maestro corta un brazo para salvar los demás miembros. Los términos medios nada remedian. Dejémosles correr su suerte. Si su constelación por otra parte es morir, ¿qué poder tendremos para contrastar los astros?