—Tomad, sin embargo, repuso Villena arrojándole otro bolsón, parecido al que poco antes le había dado, tomad y acallad con oro vuestra conciencia, si es que os remuerde de obrar bien alguna vez. Vamos de aquí. ¡Quiera el cielo oir mis votos! Aseguremos sus vidas, y no nos faltarán medios después para deshacernos de ellos de un modo menos culpable.

Al decir esto asió del brazo al astrólogo, que obedeció de mala gana á la violencia que se le hacía.—¡He aquí el hombre! salió diciendo entre dientes detrás de Villena, que á pasos precipitados se lanzó fuera del aposento. Inventa recursos, Abenzarsal, añadió hablando consigo mismo, imagina arbitrios para engrandecer á un ser débil y de carácter indeciso, y él mismo derribará la obra que hayas edificado. ¡Remordimientos, remordimientos dos hombres! Sin embargo, si mueren por una hermosa, la hermosa al saber su muerte la colgará como trofeo en el altar de sus conquistas, y volverá los ojos á emponzoñar tranquilamente con sus nuevas sonrisas y desdenes la existencia de un tercero. ¡Y nosotros entretanto con remordimientos!

Mientras esto pasaba en la cámara de don Enrique de Villena, caminaban hacia el soto de Manzanares con el mayor silencio nuestros dos competidores. El hidalgo, al salir por la puerta del cubo de la Almudena, se había vuelto á Macías, que lo seguía con la indiferencia y serenidad de un hombre que nada espera y que está por consiguiente dispuesto á todo, y le había dicho: «Caballero, mientras más apartados de la población, reñiremos con más libertad». Al decir estas palabras, que fueron sin duda oídas, aunque no contestadas, hizo un ademán con la mano dando á entender que debían seguir algún trecho más adelante camino de la casa del Pardo, que á la sazón edificaba don Enrique el Doliente en medio del famoso soto. Macías manifestó su asentimiento á tal proposición siguiéndole á pocos pasos. Así anduvieron largo trecho, conservando siempre entre sí igual distancia y el mismo silencio; parecían en medio de la oscuridad dos troncos cortados á igual altura, que movidos de impulso extraordinario se trasladaban á otro punto, por entre sus muchos lozanos compañeros, que desafiaban á las nubes con sus altas copas, por cuyas ramas pasaba agitándolas y susurrando tristemente el viento de las vecinas sierras. Por fin, llegaron á una especie de plazoleta formada por los leñadores, que habían hecho su carga en aquel paraje derribando algunos arbustos y matorrales. Paróse al entrar en ella el hidalgo, miró en derredor, y dando con el pie en el suelo y desembozando su corto capotillo, «Aquí, dijo con voz alterada por la cólera, aquí». Imitó el doncel su acción; y desenvainando su espada sosegadamente, esperó á que lo acometiera su contrario con resuelto continente. Desenvainó la suya también el escudero, pero antes de proceder al combate cruel que los esperaba:—No creo inútil, dijo al doncel, que fijemos los pactos de nuestro duelo. En primer lugar, deseo preguntaros si tenéis noticia de una música que se dió no hace muchas noches al pie de la ventana de mi señora la condesa de Cangas y Tineo.

—Sí, contestó Macías secamente. Defendeos.

—Esperad. ¿Y sabéis quién era el músico?

—No me creo obligado á contestaros, repuso Macías en el mismo tono, volviendo á hacer ademán de dar principio al combate.

—¿Y queréis decirme quién era la dama enlutada que acusó esta mañana en pública corte á mi señor el conde?

—Los mismos datos tenéis para conocerla que yo.

—¿Qué motivos tuvisteis para abrazar su defensa?

—Los que creí justos.