—¿Cómo os he encontrado solo con ella en el laboratorio del judío? ¿Sabéis que soy su esposo?
—He dicho una vez por todas que no me creo obligado á responderos. No acostumbro á sufrir interrogatorios.
—No me podréis negar que una entrevista de esa especie supone relaciones que mi honor...
—Vuestro honor está ileso. Vuestra esposa inocente.
—Probádmelo.
—Con la punta de mi espada, al momento.
—¿No tenéis, pues, otras pruebas?
—Para hablar, hidalgo, no necesitábamos habernos apartado tanto de Madrid.
—Decís bien, repuso el hidalgo, en quien la ira crecía más y más en el corazón con cada respuesta del arrogante mancebo; vengamos, pues, á los pactos de nuestro duelo. El que venza...
—El que venza, dijo Macías irritado ya por la tardanza, enterrará al otro, ó lo dejará, si le parece mejor, para pasto de los cuervos de Castilla.