—¿Qué decís? ¿no hemos salido juntos?

—Perdonad.

—¿Estáis herido?

—No, contestó Macías con voz que reprimía el dolor, tal vez, de los golpes recibidos. No es vuestra la herida que me duele.

—Ahora creo yo oir gente, dijo á su vez Fernán; sintiera que nos interrumpiesen.

—¿Interrumpir, hidalgo? ¡Ea! acabemos de una vez. Á buen tiempo llegan; enterrarán al vencido.

—Acabemos, respondió Fernán.

Y volvieron con nuevo furor al interrumpido combate, no ya como hasta entonces batiéndose según las reglas de la caballería, y atacando y respondiendo. Alzadas á un tiempo mismo las espadas, descargábanlas simultáneamente, sin cuidar más de la defensa que si tuvieran dos vidas. Iban á acabarse muy presto uno á otro, pues que si bien Macías llevaba indudablemente ventaja en el manejo de las armas, la oscuridad y su rabia no le permitían usar de ella, y el hidalgo reñía con celos. La casualidad empero quiso que Hernán Pérez al arrojarse sobre su adversario pusiese el pie en un paraje del suelo humedecido con la sangre que ambos habían perdido, y por lo tanto resbaladizo: no bien le había sentado, cuando el mismo impulso que su cuerpo llevaba le hizo venir á tierra á los pies del enfurecido doncel. Vencedor ya éste, dirigió la punta de su espada al rostro del caído.—¡Sois muerto! le gritó; pero al mismo tiempo una mano, más fuerte que las manos unidas de diez hombres, asiendo del brazo del vencedor, no sólo le detuvo en su mortífero intento, sino que levantándole en el aire le apartó largo trecho del sitio de la pendencia con la misma facilidad que lleva el viento un ligero copo de nieve de una parte á otra. No volvía el doncel de su aturdimiento, ni acababa de entender el caído hidalgo cómo le duraba la vida todavía.

Oyóse al mismo tiempo gran ruido de caballos que se abrían paso por entre la espesura de la selva.—¡Aquí están, decían unos á otros, aquí!—Llegándose en seguida dos de los jinetes, que para alumbrarse traían teas en la mano, al que en el suelo yacía, iluminó su rostro el resplandor, y no debía de estar muy bien parado según lo indicaba su extrema palidez; probó á levantarse al sentir sobre sí aquella máquina de gentes extrañas, pero inútilmente: el terrible golpe que acababa de llevar, cayendo cuan largo era, había abierto más sus heridas, y así permaneció en tierra esperando en silencio el desenlace de aquella extraordinaria interrupción. Macías en tanto buscaba con los ojos, por todo lo que alcanzaba á ver á la luz de las teas, el atrevido que había osado apartarle de aquel modo tan incivil como peregrino de su ya conseguida victoria; pero en cuanto los de las teas hubieron reconocido al hidalgo y á su contrario, matando las luces de repente:—El caído es Fernán Pérez, dijo el que parecía principal de ellos; el otro el doncel.—Y no bien hubo acabado estas palabras, cuando precipitándose tres jinetes sobre el doncel, que se dirigía ya hacia ellos con el objeto de reconocer qué gente fuese, desenvainaron las espadas y comenzaron á acometerle todos á una con la ventaja de los caballos y con la de gente no cansada ya como él de pelear. Amparó Macías en tan inminente peligro sus espaldas del tronco de un árbol, y defendíase como un león acosado á la puerta de su caverna por una manada de hambrientos lobos.

—Date, le gritó uno de los tres: no queremos tu vida, sino tu persona.