—Jamás, cobardes, les gritó Macías defendiéndose con bizarría, y á los primeros golpes acertó á dejar á uno desmontado hiriéndole peligrosamente el caballo. Los compañeros, que vieron tan indeciso el combate, acudieron en número de otros tres al auxilio: y era evidente que Macías no hubiera podido resistir mucho tiempo á lucha tan desigual.
—Date, repitió el mismo que había hablado al ver llegar el socorro, date ó eres...
No pudo acabar la frase, porque dió consigo en tierra desde el caballo, con no poca admiración del doncel, que entretenido con otro, no había podido ofender al que hablaba. Igual suerte tuvo de allí á un momento el que más acosaba á Macías.
—¡Mueren por sí solos mis enemigos! exclamó Macías. Villanos, prosiguió cobrando ánimo con la invisible protección que el cielo le daba, rendíos, y decid quién sois, y qué intento os ha traído. Si sois salteadores...
—¡Muera! dijo uno de los tres que le quedaban acometiendo: ¡muera! Yo daré cuenta de su muerte. Él ha muerto á tres de los nuestros. Abalanzóse sobre él Macías, pero antes de que su espada hubiese llegado á tocarle:—¡Cielos! exclamó el desconocido: ¡soy muerto! y cayó cuan largo era.
Al oir esta exclamación tan inesperada, llenos de terror sus compañeros dieron á correr gritando:—¡Es hechicero! ¡es hechicero! ¡el diablo le defiende!
Arrojóse tras ellos Macías, pero conoció que sería vano intento querer alcanzarlos; detúvole en aquel punto la misma mano que parecía haberle salvado aquel día de tantos peligros.
—¿Quién eres? iba á decir Macías á su invisible protector, cuando una voz ronca que parecía hablar sola en medio de las tinieblas dijo con reposado continente:
—¡Voto va! dejad ese venado, que ni sirven esas piezas para yantar, ni menos para vestir. El montero de ley no ha de cazar nunca raposas cuando puede cazar venado más noble.
—¡Cielos! exclamó Macías: ¿eres tú, Hernando? ¿Es á ti á quien debo esta noche la existencia acaso?...