—¡Por Santiago! Yo creí que ya sabía mi amo el doncel Macías que donde está la fiera, allí está Hernando.
—¡Hernando! exclamó Macías arrojándose en sus brazos.
—Vaya, dejemos eso. Si esta noche me debéis la vida, yo os la estoy debiendo todo el año, pues me mantenéis. ¡Voto va! ¿y qué pieza era esa que estaba ahí tendida?
—Hernando, me recuerdas mi deber; busquemos á ese desgraciado. Está vencido, y debemos dar treguas al rencor.
Pusiéronse á buscar en seguida al hidalgo, pero inútilmente.
—¡Ésta es buena! dijo Hernando. Los pícaros lo han llevado. ¡Bella presa! ¿No dije yo, señor, que no podía salir nada bueno de ese astrólogo? Á mí líbreme Dios de hombre que no caza. En su vida ha cogido un venablo.
—¡Ea! Hernando, esas reflexiones son para otro lugar; puesto que el hidalgo no parece, y que nosotros cumplimos ya con nuestro deber, partamos. Necesito curar mis heridas...
—¿También eso? vamos, señor: ¡vive Dios! Hernando quiere que lo monteen á él si vuelve á suceder mientras estemos en esta maldita corte que se separe un punto de su amo y señor.
Concluida esta imprecación hicieron otro rebusco por si á una parte ú otra podrían encontrar vivo ó muerto el escudero. Y yendo apoyado Macías en su fiel montero por el dolor que empezaban á causarle las heridas, tomaron en seguida el camino de Madrid, por el cual ningún vestigio habían dejado los de los caballos, si es que por él habían pasado.