Por lo que hace á éste y al ilustre colaborador de su funesta intriga, ya habrá conocido el lector que después de los escrúpulos que habían atormentado, como arriba dejamos dicho, al indeciso conde, habían salido ambos con varios criados en busca de los desafiados, con el intento de salvar al escudero del peligro que le amenazaba peleando con tan acreditado caballero como era Macías, y de hacer desaparecer á éste de la corte, apoderándose de su persona, como en aquellos tiempos solían practicarlo los poderosos con los débiles, y encerrándole después en alguno de los castillos del conde, desde donde no hubiera podido volver á oponer obstáculos en su vida á los planes del nigromántico, como le llamaba el vulgo justa ó injustamente. Si este proyecto se había malogrado, no había sido en verdad por culpa del intrigante maestre, ni de su servicial consejero, sino merced al valor de Macías, y á la desconfianza, penetración y fuerza sobrenatural del montero Hernando, quien, luego que había visto salir en aquella forma á su señor y al escudero, no había dudado un solo momento en seguir sus pasos á lo lejos, y en espiar todas sus acciones, como el lector ha visto en nuestro capítulo anterior. Apenas había podido distinguir en medio de la oscuridad cuál de los dos combatientes era su señor; pero luego que notó que uno de ellos había caído, creyó que en todo caso lo más seguro era separarlos, y sólo al asir del que era realmente su amo le había conocido. No sabemos si era su intención favorecer, como favoreció, á su enemigo, pero lo que no se puede dudar es que sin su destreza en herir á los servidores del conde con los venablos arrojadizos de que se había provisto antes de salir del alcázar, acaso se hubiera terminado nuestra historia mucho antes de lo que nosotros mismos deseamos, y de lo que quisiéramos que desearan también nuestros lectores.
CAPÍTULO XXIV
Todo le parece poco
Respecto de aquel agravio;
Al cielo pide justicia,
Á la tierra pide campo,
Al viejo padre licencia,
Y á la honra esfuerzo y brazo.
Rom. del Cid
Después del mal éxito que había tenido la tentativa de don Enrique de Villena y del judío Abenzarsal para quitar de en medio el estorbo de Macías, apenas les quedaba á éstos otro recurso que esperar el sesgo que quisiesen tomar las cosas.
En realidad sólo podían temer ya de él fundadamente el juicio de Dios, que acerca de la acusación quedaba pendiente, porque las medidas que había tomado para asegurar el maestrazgo habían sido tales y tan buenas, que aunque quedaban declarados por la parcialidad de don Luis de Guzmán gran número de castillos y lugares de la orden, podía contar el maestre sin embargo con la mayor parte. Estaban por él Alhama, Arjonilla, Favera, Maella, Macalon, Valdetorno, la Frejueda, Valderobas, Calenda y otras villas del maestrazgo, con más infinitos castillos, en los cuales había puesto ya alcaides á su devoción. Con respecto á Calatrava, donde estaba el primer convento de la orden y el clavero, hechura todavía del maestre anterior, no se habían apresurado á prestarle el homenaje debido, sino que habían respondido tanto á él como á su alteza que convocarían el capítulo para elegir y nombrar según los estatutos de la orden al maestre. Lisonjeábase el clavero en su respuesta de que la elección de su alteza hubiese recaído en un príncipe tan ilustre y de sangre real, y se prometía que los votos todos unánimes de los comendadores y caballeros serían conformes con los deseos del rey don Enrique; pero esto era en realidad resistirse á la arbitrariedad y ganar tiempo con buenas palabras. El artificioso conde no había creído oportuno, sin embargo, intrigar para que se acelerase la reunión del capítulo, porque se prometía acabar de ganar las voluntades de sus enemigos en el ínterin, y sólo don Luis de Guzmán era el que no perdonaba medio de llevar á cabo cuanto antes sus intenciones. Presentóse en consecuencia á su alteza con una humilde demanda, firmada por él y sus parciales: en ella alegaba el derecho de la orden de elegirse su maestre, y no dejaba de apuntar el que creía tener á la dignidad de que estaba ya casi en posesión el de Villena. No fué tan bien recibida esta moción de su alteza como se esperaba; pero el rey Doliente era demasiado justiciero para atropellar abiertamente los fueros de una orden tan respetable: convencido además de que el cielo había designado para maestre á su ilustre pariente, curábase poco de creer en la posibilidad de otra elección, y así, fué su decisión que el capítulo se reuniría en cuanto él recibiese las noticias que esperaba de Otordesillas, que eran en realidad las que más por entonces le ocupaban, pues deseaba ardientemente que su esposa doña Catalina diese á luz un príncipe digno de suceder en su corona, si bien estaba jurada ya princesa heredera por las cortes del reino la infanta doña María su primogénita. Más de un astrólogo de los que en aquellos tiempos de credulidad y superstición vivían especulando con la pública ignorancia le habían lisonjeado con esperanzas conformes con sus deseos. Quedó, pues, pendiente por entonces el litigio del maestrazgo, y cada uno de los contrincantes procuró aprovechar aquel intervalo para engrosar su partido. Don Enrique era entre tanto el mejor librado, pues disfrutaba á buena cuenta de las prerrogativas y de gran parte de las rentas y dominios del maestrazgo, que la adulación de sus parciales se había adelantado á poner á su disposición.
Quedaba en pie solamente la otra merced que en la mañana de la acusación de Elvira había dispensado su alteza al adversario de Villena. Pero no tardó mucho Macías en estar en disposición de concurrir de nuevo á la corte, y de acompañar al rey en sus partidas de cetrería, especie de caza de que gustaba mucho su alteza, y en que su doncel sobresalía singularmente: afianzóse más en ella la amistad que el rey le profesaba; en consecuencia de allí á poco su alteza mismo quiso, como lo había prometido, poner el hábito de Santiago á su doncel: esta ceremonia, con toda la solemnidad que de tal padrino podía esperarse, se verificó en la iglesia de Almudena, con presencia del maestre de la orden y de todos los comendadores y caballeros santiaguistas que asistían á la sazón á la corte; favor singular que hubiera lisonjeado singularmente el amor propio de Macías si hubiese él podido desechar la funesta idea que le perseguía siempre por todas partes, desde que por primera vez había visto á Elvira, y en particular desde que la explicación desgraciada que había tenido en la cámara del judío no había podido dejarle á ella duda alguna acerca de su amorosa pasión. El doncel desde aquella funesta noche no había vuelto á ver al objeto de su amor, que viviendo en el mayor retiro, y cuidando sólo de la salud de su convaleciente esposo, evitaba toda ocasión de presentarse en público, fuese porque la tristeza, que cada vez se arraigaba más en su corazón, la hiciese no hallar gusto sino en la soledad, fuese porque se hubiese afirmado en quitar al doncel todo motivo de esperanza; fuese, en fin, por desvanecer en el ánimo de Fernán Pérez de Vadillo todo género de duda acerca de su irreprensible conducta. ¿De qué servía empero al doncel no ver personalmente á Elvira, si un solo momento no se separaba su recuerdo de su ardiente imaginación?
Entre tanto se restablecía diariamente el hidalgo de sus heridas: el cuidado de su esposa, la flaqueza que aún le quedaba y la ausencia del doncel, si no habían bastado á aplacar su rencor, contribuían no poco á debilitar la fuerza de sus sospechas, y á embotar en gran manera sus primeros celos. Pero conforme iba volviendo la serenidad al corazón de su esposo, conforme iba el peligro desapareciendo, volvía á tomar imperio sobre Elvira el recuerdo de su perdido amante. Le hubiera sido además imposible olvidarle del todo. En la corte ningún caballero hacía más papel que Macías: era raro el día que no tenía que oir de sus mismos criados los elogios suyos, que de boca en boca se repetían. Ya había bohordado en la plaza con tal primor, que había dejado atrás á los mejores jugadores de tablas: ya había compuesto una trova ó una chanzón tan tierna, tan melancólica, que no había dama que no la supiese de memoria, ni juglar que no la cantase al dulce son de la vihuela de arco; instrumento de quien dice el arcipreste de Hita, autor contemporáneo:
La vihuela de arco fas dulses de balladas,
Adormiendo á veces, muy alto á las vegadas,
Voces dulses, sonoras, claras, et bien pintadas,
Á las gentes alegra, todas las tiene pagadas.