¿Y cómo resistir sobre todo á este mágico poder, si al leer la trova ó la chanzón, donde los demás no veían más que una brillante poesía, Elvira no podía menos de leer un billete amoroso? Parecía que sus composiciones la estaban mirando continuamente á ella como los ojos de su autor. Miraba á veces á su esposo al parecer Elvira, y su imaginación solía estar muy lejos de él. Una lágrima entonces, dedicada al doncel, solía asomarse á sus ojos. Vadillo, convaleciente aún, la miraba absorto y enternecido: «Elvira, le decía, da tregua á tu aflicción; todo peligro ha huido: me siento mejor ya, y esas lágrimas que por mí derramas sólo pueden contribuir á afligirme». Volvía en sí Elvira al oir esas palabras: un oculto sentimiento de vergüenza teñía sus mejillas de carmín, y la despedazaba la idea de abusar sin querer de la credulidad de su esposo.

En los primeros días había esperado Elvira á que Hernán Pérez la hablase del acontecimiento que le había reducido á aquel término; y lo había esperado con ansia y con temor, pero en balde. El hidalgo, fuese por amor propio, fuese por no tener bastante seguridad para emprender una explicación en que él no podía hacer todavía el papel de acusador, guardó el más rigoroso silencio. En vista de esta conducta, parecióle á Elvira que lo mejor que podía hacer era aventurar alguna pregunta; pero igual suerte tuvo su arrojo que su expectativa. No sólo no consiguió ninguna explicación satisfactoria en este punto, sino que habiendo conocido que toda conversación relativa á la noche del duelo alteraba visiblemente á Vadillo, hubo de renunciar á su importuna curiosidad. Creyendo el hidalgo también que su esposa le negaría haber sido ella la enlutada encontrada en el cuarto del astrólogo, y que mientras no tuviese otras pruebas irrecusables sería más bien espantar la caza que asegurarla el hablar del caso, observaba sobre este particular la misma conducta que sobre el duelo, reservándose sin embargo dos cosas: primero, el propósito de espiar más escrupulosamente en lo sucesivo todos los pasos de Elvira; segundo, la intención decidida de terminar cuanto antes con cualquiera ocasión y pretexto que fuese el suspendido duelo con el hombre primero que había aborrecido en su vida, y que había aborrecido como se aborrece cuando no se aborrece más que á uno.

Constante en estos propósitos, no bien estuvo Hernán Pérez restablecido, dirigióse á la cámara de su señor el conde de Cangas. Su semblante dejaba ver todavía la huella de la enfermedad.

—Hernán Pérez, le dijo don Enrique con afabilidad, ¿os han permitido ya dejar el lecho? Debierais recordar sin embargo que vuestra salud es harto importante para vuestro señor, y no exponerla con tan temerario arrojo á una recaída peligrosa.

—Las heridas del cuerpo, gran príncipe, aquéllas que hizo la lanza ó la espada, repuso Vadillo con reconcentrada tristeza, sánanse fácilmente: las que recibimos en el honor son las que no se curan sino de una sola manera.

—¿Qué decís? ¿Será que por fin os habréis decidido á abrirme francamente vuestro corazón? contestó don Enrique. ¿Será que queráis explicarme los motivos de vuestra conducta, de ese duelo singular, cuyos efectos se ven todavía en vuestro rostro, y de esa reconcentrada melancolía que deja diariamente en él huellas aún más indelebles y duraderas?

—Señor, contestó Vadillo, ya creo haber manifestado á tu grandeza en varias ocasiones que mi mayor pena es no poder confiarte las muchas que agobian á tu escudero.

—Quiero no darme por ofendido, contestó fríamente Villena, de vuestra inconcebible reserva.

—Perdónala, señor, dijo Vadillo hincándose de rodillas, y permite que puesto á tus plantas solicite tu escudero de tu grandeza una gracia, que acaso nunca te hubiera propuesto sino en el campo de batalla, si una ofensa, y una ofensa mortal, no le obligara á ello.

—Alzad, Vadillo, y decid la gracia, que yo os juro por Santiago que os será concedida.