—Jamás, señor. Si un atrevido hubiera osado poner sus ojos en mi esposa, ¿viviría aún, viviría? contestó el hidalgo pudiendo disimular apenas la lucha que existía entre sus palabras y sus ideas.
—Entonces, pues, ¿qué ofensa?...
—Permite, gran señor, que la calle. La hay, lo confieso, y si alguien pudiera vencerme en la lid, si me pudieran vencer todos, nunca Macías: un fausto presentimiento me dice que lavaré en su sangre mis ofensas. Confiéreme la orden de caballería, y yo te respondo, gran señor, de una victoria pronta y segura.
—Sea, contestó don Enrique, como lo deseáis. Mañana os la conferiré. Mañana juraréis en mis manos defender su fe, el honor y la hermosura.
Después de este breve diálogo, el candidato besó las manos del conde de Cangas, y se retiró á esperar con mortal impaciencia el nuevo día que había de poner término á todas las esperanzas que contentaban por entonces su ambición.
CAPÍTULO XXV
Agua te echan por el rostro
Para facerlo acordado,
Y vuelto que fuera en sí
Todos le han preguntado
Qué cosa fuera la causa
De verlo así tan parado.
Rom. del Cid
Á la mañana siguiente brillaban con fuego extraordinario los ojos de Fernán Pérez. Leíase en su semblante la alegría que inundaba su corazón. Efectivamente la orden de caballería era en aquel tiempo la más alta dignidad á que pudiese aspirar un hombre de armas tomar. Su virtuoso origen y sus fines, aún más virtuosos, le daban tal prestigio, que los reyes se honraban con tan honorífico dictado, y un caballero sólo con serlo tenía derecho á comer en su mesa, honor que no disfrutaban ya ni sus mismos hijos, hermanos ó sobrinos, mientras no entraban en aquella noble cofradía. Era preciso ser hidalgo por parte de padre y madre, y con la antigüedad por lo menos de tres generaciones: era preciso haber dado pruebas de valor, y gozar de una reputación pura é inmaculada. Á muchos les costaba además pasar por el largo noviciado de paje y escudero progresivamente. Los que habían entrado al servicio y á hacer prueba de su persona con un rey ó un príncipe de alta categoría, en calidad de pajes, se llamaban donceles: Macías se había hallado con Enrique III en este caso, y si se le llamaba todavía públicamente el doncel, era porque habiéndole tomado Enrique III, con quien se había criado, más afecto que á otro alguno, habíale conservado aquel nombre por modo de cariño, aun después de haber recibido la orden de caballería. En el mismo caso se había hallado con don Enrique de Villena el hidalgo Hernán Pérez: habíale entrado á servir primero en calidad de paje ó doncel, y había pasado á ser su escudero. El cargo de escudero en estos tiempos, y hasta ese nombre, parecen sonar mal á los oídos delicados. Podemos asegurarles, sin embargo, que no sólo no tenía en aquel tiempo nada de denigrante, sino que antes era tan honorífico, que muchísimos grandes, señores y príncipes que habían llegado á ser caballeros por el orden regular de los grados requeridos para ello en tiempos de paz, no se habían desdeñado de ejercerlo. En la recepción de escudero, los padrinos ó madrinas del paje prometían en su nombre religión, fidelidad y amor, con la misma formalidad é importancia que en la recepción de un caballero. Reducíase la obligación del escudero á seguir por todas partes á su señor ó al caballero con quien hacía veces de tal, llevándole su lanza, su yelmo ó su espada; llevaba del diestro sus caballos, en los duelos y batallas proveíale de armas, levantábale si caía, dábale caballo de refresco, reparaba los golpes que iban dirigidos contra él; pero sólo en grandes peligros le era lícito tomar armas por sí en las pendencias y encuentros á que asistía. Sus deberes domésticos se ceñían á trinchar y presentar las viandas en la mesa, y aun á ofrecer el aguamanil á los convidados antes y después de comer. Pero estos cargos se desempeñaban con tanta más dignidad cuanto que los platos los recibía de mano del maestresala, que ya era por sí una dignidad, aunque más subalterna, y el agua de mano de los pajes, que la tomaban ellos ya de los domésticos inferiores. En público, y en los banquetes en que reinaba toda etiqueta y ceremonia, no podía sentarse el escudero á la mesa de su señor. Para probar que ni el oficio de doncel ni el de escudero eran sino muy honoríficos, concluiremos diciendo que en las historias francesas del siglo XIII hallamos designados estos donceles y escuderos con el nombre de valets, más humillante aún en el día que los de damoiseau y écuyer, que corresponden á aquéllos en la lengua francesa. Diremos que Villehardouin, en su historia, hablando del príncipe Alexis, hijo de Isaac, emperador de los Griegos, le llama en repetidas ocasiones el valet (ó escudero) de Constantinopla, porque aquel príncipe, aunque heredero del imperio de Oriente, no había recibido todavía la orden de caballería. Por igual causa son calificados con la misma designación por los historiadores sus contemporáneos Luis, rey de Navarra, Felipe, conde de Poitou, Carlos, conde de la Marcha, hijo de Felipe, y otros infinitos. Entre nosotros fué paje y doncel el famoso y nobilísimo don Pero Niño, conde de Buelna, y el mismo don Álvaro de Luna, tan célebre por su prodigioso favor como por su ruidosa desgracia.