—Acaso las hay. No lo niego.

—Escuchad, añadió Villena en voz casi imperceptible ¿sería cierto que tuvisteis celos?...

—¿Celos, señor, yo celos? exclamó Hernán con mal reprimido amor propio. ¿Quién pudo decir?...

—Nadie, Hernán, nadie: yo solo soy el que he creído en este momento...

—¿Vos solo? si supiera...

—¿Y bien? ¿Á mí por qué no descubrirme?... ¿Vuestra esposa sin embargo?...

—Basta, señor, no hablemos más de eso. ¡Mi esposa, Dios mío! ¡Mi esposa! Si mi esposa pudiese faltar...

—¿Qué es faltar, Vadillo?

—Si pudiese tan sólo con su pensamiento empañar la más pequeña porción de mi honor, no necesitara castigar á ningún atrevido, ni que me armara nadie caballero: dagas tengo aún: la última gota de su sangre, la última no sería bastante indemnización de tan insolente ultraje. ¡Elvira, á quien amo más que á mí propio! ¡Mi bien! ¡Mi vida!

—Sosegaos, Vadillo; nunca fué mi propósito ofenderos; pero pudierais, sin que Elvira hubiese empañado nunca vuestro honor...